Sade: La orgía de los sentidos y la creación
Por Leo Castillo
El príncipe de los libertinos, Donatien-Alphonse François, marquis de Sade, seigneur de La Coste et de Saumane, coseigneur de Mazan, lieutenant général aux provinces de Bresse, Bugey, Valmorey et Gex, Mestre de camp cavalerie, consumiría treinta de sus años en la cárcel, describiendo una romería difícil de emular, que inicia a los veintitrés de edad, cinco meses después de su ventajoso matrimonio el 17 de mayo de 1763 con Renée-Pelagie Cordier de Lunay de Montreuil (tendrían dos niños y una niña.) Fueron quince los días de este primer arresto en el torreón de Vicennes, pero nada avala la presunción de que sean sus primeros desmanes la causa. Todo parece indicar que desde el internado en Harcourt, como pupilo de los jesuitas, se inicia en la sodomía y el recurso de la violencia aplicada a los placeres sensuales. Se afirma que, adolescente, afinaba la puntería disparando a los obreros desde los tejados.
Luego de Vicennes, y siempre pagando “delitos sexuales”, orgías y crímenes como las del convento benedictino Saint-Marie-des-Bois (véase más abajo fragmentos de Justine), Sade estuvo sucesivamente encarcelado en Saumur, Pierre-Encise; condenado a la pena capital por el parlamento de Provence y ejecutado simbólicamente en la Place de Précheurs en Aix el 12 de septiembre de 1772; refugiado en Chambéry en octubre, es arrestado por disposición del rey de Sardaigne el 8 de diciembre, acatando una demanda de la presidenta de Montreuil, suegra del marqués, y recluido en la fortaleza de Miolans, de donde se fuga el primero de mayo del año siguiente; escándalos durante su estada en La Coste; recluido de nuevo en Vicennes (febrero de 1777) gracias a una lettre de cachet obtenida por su suegra; en junio del 78, transferido a Aix-en-Provence, se lo libera por inconsistencias en el proceso que se le sigue por envenenamiento de una prostituta a quien había hecho ingerir una importante dosis del afrodisíaco anís de cantárida, pero aún pesa la lettre de cachet, de modo que es conducido fuera de Aix escoltado por la policía, bien que consigue escapar y se esconde en La Coste, donde es de nuevo arrestado el 26 de agosto de este año, para ser traído de nuevo a Vicennes, donde permanecerá preso durante seis años (8 de septiembre de 1778 - 29 de febrero de 1784.)
En 1789, pocos días antes del célebre 14 de julio, armado de una varilla de hierro azota los ventanales de su celda y arenga a los ciudadanos, gritando que los reclusos están siendo degollados por los guardias, de modo que es trasladado al convento Charenton-Saint-Maurice; tras la toma de la Bastilla, es liberado el 2 de abril de 1790 según una resolución que deroga las lettres de cachet; en buenas migas con la Revolución, se desempeña como secretario de cierta sección administrativa, de que llega a ser presidente; en agosto de 1793 se niega a votar una moción sobre la pena de muerte, pues el famoso pervertido, responsable de la infernal belleza salpicada de sangre de su obra y aun su vida, está horrorizado ante la idea del frío ajusticiamiento por la guillotina, de modo que acusado de morigerar en el cargo, es destituido, señalado su escrúplo como traición a la Revolución, es arrestado el 5 de diciembre de 1793; prisión en los claustros de Madelonettes, Carmes, Saint-Lazare y Picpus; su nombre figura en el acta de sentenciados a la guillotina de Fouquier-Tinville (8 thermidor), mas el ujier del Tribunal revolucionario no logra localizarlo entre los reclusos en las diferentes prisiones, se salva así milagrosamente de que le corten el pescuezo; vuelve a quedar en libertad el 13 de octubre de 1794; arrestado el 6 de marzo de 1801, como autor de las escandalosas novelas Justine y Juliette, en Sainte-Pélagie y Bicêtre; finalmente, Charenton, donde, merced a la aquiescencia de de Coulmier, director del centro, el otrora marqués de Sade, hasta 1808 organiza con los locos internos representaciones teatrales a las que asiste lo más granado de la sociedad parisiense. Murió el 6 de diciembre de 1814. Ningún nombre fue escrito en la lápida de su tumba. Alguien ha dicho que Sade fue apresado bajo todos los regímenes que le tocó en suerte vivir. A propósito, un supuesto epitafío de su autoría reza:
El despotismo, con su horrible mueca
en todo momento le hizo la guerra.
Bajo los reyes, ese monstruo odioso
se apoderó de su vida entera;
bajo el Terror reaparece
y pone a Sade al borde del abismo;
bajo el Consulado revive:
Sade vuelve a ser la víctima.
En diversas ocasiones Sade se libró de la cárcel mediante indultos concedidos por el rey, bien que en cierta ocasión Luis XV le responda: "Señor, el perdón que me pedís se lo debo a vuestro rango y a vuestra calidad de príncipe de la sangre, pero lo concedería más de buen grado al hombre que os hiciese lo mismo".
Permítaseme transcribir aquí la que, presumiblemente, es la única descripción de la persona del marqués que hemos conservado:
"A mi izquierda se sentó un anciano de cabeza baja y mirada de fuego. La cabellera blanca que le coronaba prestaba a su rostro un aire venerable que imponía respeto. Me habló varias veces con una elocuencia tan calurosa y una inteligencia tan variada que me inspiró mucha simpatía. Cuando nos levantamos de la mesa, pregunté a mi vecino de la derecha el nombre de este cordial caballero y me respondió que era el marqués de S***. Al oírlo me alejé de él con tanto terror como si me hubiera mordido la serpiente más venenosa. Sabía que este detestable anciano era el autor de una novela monstruosa en que estaban publicados todos los delirios del crimen en nombre del amor. Había leído este libro infame, que me había dejado la misma impresión de repugnancia producida por una ejecución en la place de Grève, pero ignoraba que un día vería a su creador admitido a la mesa del director de una institución pública."
La orgía de la creación literaria: “De una fecundidad poco común, Sade ha escrito doce novelas, extensas en su mayoría, sesenta cuentos, veinte obras de teatro, amén de numerosos opúsculos. Alrededor de una cuarta parte de sus manuscritos fue destruida por la policía du Consulat et de l’Empire”(1). Realizada en buena parte en prisión, la obra del marqués de Sade es de una profundidad filosófica, de una belleza poética y una complejidad sicológica que colocan al autor entre los más grandes de los grandes en la historia de la literatura y aun del pensamiento universal. Por su feroz defensa a ultranza de la libertad (del libertinaje si se quiere), Sade escribió contra todos los regímenes, contra toda mordaza, contra toda policía y en fin toda autoridad o imposición familiar, estatal, social, moral o religiosa. Su ariete acomete con formidables arrestos contra el dogma cristiano y las leyes o costumbres de su país, blancos predilectos de sus irresistibles embates. Sostenidos por un dominio absoluto de la lengua, una perfección formal y una cultura de una solidez excepcional, sus períodos se desgranan como una melodía serena que sin embargo conducen la ardiente lava de un volcán en arrasadora actividad. Los banquetes de los sentidos a que se libró, son casi juegos de niño ante el escándalo y la revuelta conceptual de sus propuestas. Paradójicamente, no es una obra de tan descarada obscenidad como La filosofía en el tocador con mucho, lo más peligroso de su extensa producción. El asolador discurso misógino de Gernande es mucho más mortificante; los rotundos golpes de este demoledor del cristianismo; la exposición de despiadadas orgías de los monjes en el convento benedictino de Saint-Marie-des-Bois; las disquisiciones de una “lógica infernal” que justifica el asesinato de niños o el incesto así como otras intrépidas incidencias o indecencias en Justine (expuestas con increíbles eufemismos: así, llama "altares de Cipris" a la vagina, "antro oscuro" al ano, al semen "incienso") hacen de Sade el terrorista intelectual por antonomasia más perturbador de todos los tiempos. Su tío paterno, el abad Sade d’Ebreuil, historiador “sólido y elegante”, se encargó de la primera instrucción del marqués, autor de una biografía que le ha reportado juicios como “Por la abundancia de sus materiales y la amplitud de su visión, por la agudeza de sus reflexiones atinentes a la sicología individual o colectiva, por las tonalidades tenebrosas e inquietantes con que exhibe el cuadro de crímenes de la reina, el autor de Isabelle de Bavière merece ocupar un lugar entre los mejores historiadores que precedieron el período romántico.”(2)
Stanislas Valois Aragon
Justine
(Fragmentos)
¿No dirán que la Virtud por hermosa que sea, se convierte, sin embargo, en el peor partido que se puede tomar cuando se halla demasiado débil contra el vicio y que en un siglo completamente corrompido lo más seguro es hacer como los demás?
(…) que era posible hallar en una misma sensaciones físicas de suficiente aguda voluptuosidad para ahogar todas las nociones morales cuyo choque pudiera ser doloroso; que era tanto más esencial poner en práctica ese procedimiento por cuanto la sabiduría verdadera consistía muchísimo más en duplicar la suma de placeres que en multiplicar la de sus penas y que no había nada, a fin de cuentas, que no debiera hacer para debilitar en ella su sensibilidad, de la cual se aprovecharían los demás, mientras que a ella únicamente le reportaría sinsabores.
(…) ─ Bueno, no tienes más que quedarte aquí, prestar atención a mis consejos, disponer de un gran fondo de complacencia y de sumisión para mis prácticas, ser limpia y ahorradora, sincera conmigo, amable con tus compañeras, tramposa con los hombres, y antes de diez años te encontrarás en situación de retirarte en un tercer piso, con una cómoda, un gran espejo y una criada; y el arte que habrás adquirido en mi casa te procurará el resto.
(…) siente que, nacida para el crimen, por lo menos debe llegar a cometerlo en grande y renunciar a languidecer en un estado subalterno que, haciéndole cometer las mismas faltas, envileciéndola igualmente, no le reporta, ni mucho menos, el mismo beneficio.
(…) Lo que menos halaga a los hombres, de lo que menos caso hacen, lo que desprecian más soberanamente, es la sensatez en las personas de su sexo; en esta tierra, hija mía, sólo se estima aquello que da beneficio o deleite. ¿Y qué provecho podemos sacar de la virtud de la mujer? Son sus desórdenes los que nos sirven y nos divierten.
(…) Los bastardos, los huérfanos, los niños mal formados deberían ser condenados a muerte desde su nacimiento.
(…)Tras haberme endilgado un largo discurso sobre lo inofensivo del robo, y hasta sobre su utilidad en el mundo, puesto que restablece en él una especie de equilibrio perdido a causa de la desigualdad de las riquezas; sobre la rareza de los castigos, ya que, como está probado, de cada veinte ladrones sólo se agarra un par; tras haberme demostrado, con una erudición de la que no creía capaz el señor De Harpin, que el robo era un honor en Grecia, que varias naciones todavía lo aceptan, lo fomentan y lo recompensan como una acción audaz que demuestra a la vez valor y destreza (dos virtudes esenciales en toda nación guerrera).
(…) El proceso de una infeliz sin valimiento ni protección está pronto hecho en un país donde se cree que la virtud es incompatible con la miseria, donde el infortunio es una prueba completa contra el acusado.
(…) la suerte de los demás no nos incumbe cuando está en juego la nuestra.
(…) Créeme, deja tranquila la justicia de Dios, sus castigos o sus recompensas futuras y otras necedades por el estilo que sólo sirven para hacernos morir de hambre. ¡Oh, Teresa!, la dureza de los ricos justifica la mala conducta de los pobres; que su bolsa se abra a nuestras necesidades, que la humanidad reine en sus corazones, y entonces las virtudes podrán establecerse en el nuestro; pero en tanto que nuestro infortunio, nuestra paciencia en soportarlo, nuestra buena fe, nuestra servidumbre sólo sirvan para aumentar nuestras cadenas, nuestros crímenes serán obra de ellos, y seríamos muy necios de no emplearlos como un medio, cuando pueden hacer menos pesado el yugo que nos pone su crueldad. La Naturaleza nos ha hecho nacer a todos iguales, Teresa; si la suerte se complace en desbaratar ese primer plan de las leyes generales, nos corresponde a nosotros corregir los caprichos y reparar, mediante nuestras artimañas, las usurpaciones del más fuerte. Me gusta oír a esa gente rica, a esos nobles, a esos magistrados, a esos sacerdotes; me gusta verlos predicar la virtud. Es muy fácil protegerse contra el robo, cuando se posee tres veces más de lo que se necesita para vivir; es fácil no pensar en el crimen cuando uno está rodeado de aduladores o de esclavos para quienes nuestra voluntad es ley; es penoso, en verdad, ser parco y sobrio cuando a cada hora uno está rodeado de suculentos manjares; no les cuesta ser sinceros cuando el mentir no ofrece para ellos ningún interés… Pero a nosotros, Teresa, a quienes esa bárbara Providencia, a la que tú, en tu locura, has convertido en ídolo, nos ha condenado a arrastrarnos en la humillación como la serpiente se arrastra por la hierba; nosotros, los desgraciados porque somos débiles; nosotros cuyos labios sólo beben hiel y cuyos pies sólo pisan espinas, ¿quieres que prescindamos del crimen cuando su mano es la única que nos abre la puerta de la vida, nos mantiene en ella, nos protege y nos impide perderla? ¿Quieres que, perpetuamente sometidos y degradados, mientras que esa clase que nos domina cuenta con los favores de la fortuna, nos reservemos solamente la pena, el abatimiento y el dolor, la necesidad y las lágrimas, la deshonra y el cadalso? ¡No, no, Teresa, no! O esa Providencia que tú reverencias sólo merece nuestro desprecio, o bien no son ésos sus designios. Conócela mejor, hija mía, convéncete de que desde el momento en que nos coloca en una situación en que el mal se nos hace necesario, es que este mal sirve a sus leyes tanto como el bien, y ella gana con ambos.
(...) El tercero me hizo subir sobre dos sillas separadas, y sentándose él debajo, excitado por la Dubois, que se había colocado entre sus piernas,me hizo inclinar hasta que su boca se encontró situada perpendicularmente debajo del templo de la Naturaleza. No puede usted imaginarse, señora, lo que el obsceno mortal se atrevió a desear; me fue preciso, con ganas o sin ellas, satisfacer una necesidad menor... ¡Oh, justo cielo! ¡Qué depravación se requiere para que un hombre pueda encontrar placer en tales cosas! Hice lo que él quiso, lo inundé, y mi completa sumisión obtuvo de aquel infame una embriaguez que no hubiera sido lograda sin aquella infamia.
(…) Como usted sabe, querida, cerca de los altares de Cipris, hay un antro oscuro a donde van a retirarse los amores para seducirnos con más energía, tal será el altar donde quemaré mi incienso; allí, no hay ningún inconveniente, Teresa, si los embarazos la asustan; de esta manera no pueden ocurrir, su esbelta cintura no se deformará nunca; esas primicias que le son tan caras serán conservadas intactas, y sea cual fuere el uso que quiera hacer de ellas, podrá ofrecerlas puras. Nada puede delatar a una muchacha a ese respecto, por rudos y multiplicados que sean los ataques; una vez que la abeja ha libado el jugo, el cáliz de la rosa vuelve a cerrarse, y nadie puede imaginar que haya podido entreabrirse. Hay doncellas que han gozado de esta manera durante diez años, y hasta con varios hombres, y más tarde se casaron como si nunca hubieran tenido trato con varón. ¡Cuántos padres, cuántos hermanos han abusado así de sus hijas o de sus hermanas, sin que éstas se hayan vueltos por ello menos dignas de sacrificar después en los altares de Himeneo! ¡A cuántos confesores esta misma ruta no ha servido para satisfacer sus apetitos, sin que los padres sospechasen nada! En una palabra, es el asilo del misterio, es allí donde son atados los amores con los lazos de la prudencia… Hay que decir, además, Teresa, que si ese templo es el más secreto, es al mismo tiempo el más voluptuoso; sólo allá se encuentra lo que es necesario para la felicidad, y la holgura del vecino está lejos de valer los excitantes atractivos de un local al que sólo se llega con esfuerzo, donde el alojamiento es difícil; las mismas mujeres salen ganando de este modo y aquellas cuya razón las impulsa a conocer esta clase de placeres, nunca echan de menos los otros. Pruebe, Teresa, pruebe y ambos quedaremos satisfechos.
(…) Tal es la verdad que debe ahogar los remordimientos en el alma del tirano o del malhechor; que no se limite; que se entregue a todas las lesiones cuyas ideas nacen en él, es únicamente la voz de la Naturaleza que le sugiere esta idea; es la única manera en que ella nos convierte en agente de sus leyes. Cuando sus inspiraciones secretas nos inclinan al mal es que el mal le es necesario, es que ella lo anhela, es que lo exige, es que no siendo completa la suma de los crímenes, no bastando a las leyes del equilibrio, únicas leyes por las cuales se gobierna, exige además éstas como complemento de peso; que no se asuste, pues, que no se detenga aquél cuya alma es llevada al mal; que lo cometa sin temor, en el momento en que sienta el impulso de hacerlo; sólo resistiéndolo ultrajará a la Naturaleza.
(…) ¡Oh, hombre, sólo escuchas a tus pasiones!
(…) Es mediante trucos, brincos y retruécanos que el enviado de Dios se anuncia al Universo; es a la respetable sociedad de obreros, artesanos y mujeres de la vida alegre que el ministro del cielo se acerca para revelar su grandeza; es emborrachándose con unos y acostándose con las otras que el amigo de un Dios, Dios él mismo, viene para someter a sus leyes al pecador empedernido; el ganapán demuestra su misión inventando farsas que pueden satisfacer a su lujuria o a su gula; sea lo que fuere, tiene suerte; algunos tontos secuaces se unen a ese bribón; se forma una secta; los dogmas de esa canalla logran seducir a algunos judíos: esclavos de la fuerza romana abrazaban con alegría una religión que, librándolos de las cadenas, sólo los sujetaba al freno religioso. Su motivo se adivina, su indocilidad se descubre; los sediciosos son detenidos; su jefe perece; pero seguramente de una muerte demasiado dulce para su clase de crimen, y por un defecto imperdonable de reflexión se deja que los discípulos de ese palurdo se dispersen, en vez de degollarlos con él. El fanatismo se apodera de los espíritus, las mujeres gritan, locos se debaten, los imbéciles creen, y aquí tenemos que el más despreciable de los seres, el más torpe de los bribones, el más pesado impostor que nunca haya existido, es convertido en Dios, convertido en hijo de Dios e igual a su padre; todos sus sueños son consagrados, todas sus palabras son dogmas y sus patochadas devienen misterios. El seno de su fabuloso padre se abre para recibirlo, y ese Creador, sencillo en otro tiempo se hace triple para complacer a ese hijo digno de su grandeza.
(…) Cuando Julia ha regresado a su clase, Rodin se dirige a la de los muchachos, de donde regresa con un alumno de quince años, bello como el día; Rodin lo regaña, sin duda más a sus anchas con él, lo mima y lo besa en tanto lo sermonea.
─ Mereces ser castigado, y lo serás…─ le dice.
Tras estas palabras, franquea con aquel chiquillo todos los límites del pudor; pero ahora todo le interesa, nada queda excluido, los velos se levantan, todo se palpa indistintamente; Rodin amenaza, acaricia, besa, insulta; sus dedos impíos tratan de suscitar en aquel muchacho las voluptuosidades que exige para él mismo.
─ Bueno ─le dice el sátiro, viendo su éxito─, hete aquí en el estado que te he prohibido… Apuesto que con dos movimientos más, todo caería sobre mí…
Demasiado seguro de las titilaciones que provoca, el libertino avanza para recoger el homenaje, y su boca es el templo ofrecido al dulce incienso; sus manos excitan los chorros, los atraen, los devoran, él mismo está a punto de estallar pero quiere terminar.
─ ¡Ah, te voy a castigar por esa tontería!─ dice, levantándose.
Toma las dos manos del joven, las aprisiona, se ofrece entero al altar donde quiere sacrificar su furor. Lo entreabre, sus besos lo recorren, su lengua se hunde, desaparece en él. Rodin ebrio de amor y de ferocidad, mezcla las expresiones y los sentimientos de ambos…
─ ¡Ah, bribonzuelo ─exclama─, es preciso que me vengue de la ilusión que me produces!
Rodin toma los vergajos, y fustiga; más excitado sin duda que con la vestal, sus golpes son más fuertes y más numerosos; el niño llora, Rodin se extasía, pero nuevos placeres lo reclaman, desata al niño y vuela hacia otros sacrificios. Una muchachita de trece años sustituye al muchacho, y a ésta otro alumno, y otro; Rodin azota a nueve, cinco muchachos y cuatro jovencitas; el último es un joven de catorce años, de una figura deliciosa; Rodin quiere gozar en él, el escolar se defiende, loco de lujuria lo azota y el infame fuera de sí lanza los chorros espumantes de su llama sobre las partes maltrechas del joven alumno, lo moja de las caderas a los talones. Nuestro corrector, furioso por no haberse contenido por lo menos hasta el fin, desata al muchacho con mal humor y lo manda a clase, asegurándole que no perderá nada con ello.
“(…) Pero los tontos os dicen: el mal no proporciona felicidad; no, cuando se ha convenido en adorar al bien; pero despreciad, envileced lo que llamáis el bien, y sólo adoraréis lo que por tontería habíais llamado el mal; y todos los hombres tendrán el placer de cometerlo, no porque será permitido (esto sería una razón para que atrajera menos), sino porque no lo castigarán las leyes, las cuales, por el temor que inspiran, disminuyen el placer que la Naturaleza ha colocado en el crimen. Vamos a suponer una sociedad en la que se haya convenido que el incesto (admitamos este delito como otro cualquiera), el incesto, digo, sea un crimen; quienes se entreguen a él serán desgraciados, porque la opinión, las leyes, el culto, todo servirá para helar sus placeres; los que desean cometer este mal, y no se atrevan a causa de sus frenos serán igualmente desgraciados; así pues, comprenderás perfectamente que la ley que proscriba el incesto solo habrá hecho desgraciados.
“En una sociedad donde el incesto no sea considerado como un crimen, quienes no deseen cometerlo no serán desgraciados, y los que lo deseen serán felices. Por lo tanto, la sociedad que haya permitido esta acción convendrá mejor a los hombres que aquélla que haya erigido esta misma acción en crimen; (…) y sucede lo mismo con todas las demás acciones torpemente consideradas como criminales; viéndolas desde este punto de vista, causan una multitud de desgraciados; permitiéndolas, nadie se queja, porque quien desea cometer tal acción se entregará a ella tranquilamente, y a quien no le importe, o permanecerá en una especie de indiferencia sin dolor, o se resarcirá del daño que haya podido recibir por una serie de daños con que abrumará a su vez a aquéllos de quienes ha tenido motivo de queja; por lo tanto, en una sociedad criminal, todo el mundo es feliz o bien vive en un estado de preocupación que no tiene nada de penoso; por consiguiente, en eso que se llama la virtud no se encuentra nada que sea bueno, respetable o susceptible de hacer feliz.
(…) Atribuyo la misma importancia (poco más o menos) a un poco de semen mío que fecunda que al que me agrada perder en mis placeres. Tanto caso hago del uno como del otro. Uno es dueño de volver a tomar lo que ha dado; nunca el derecho de disponer de los hijos fue discutido por ningún pueblo de la Tierra. Los persas, los medas, los armenios, los griegos, gozaban de tal derecho en toda su extensión. Las leyes de Licurgo, modelo de legisladores, no solamente dejaban a los padres todos los derechos sobre sus hijos, sino que condenaban a muerte a aquéllos a quienes los padres no querían alimentar o a aquéllos que habían nacido deformes. Una gran parte de los salvajes matan a sus hijos a poco de haber nacido. Casi todas las mujeres de Asia, África y América, se hacen abortar, sin que por ello incurran en reproches. Cook halló esta costumbre en todos los mares del Sur. Rómulo permitió el infanticidio; la ley de las doce tablas lo toleró también y hasta Constantino, los romanos abandonaban o mataban impunemente a sus hijos. Aristóteles aconseja este supuesto crimen; la secta de los estoicos lo consideraba como loable; está en uso todavía en China. Cada día se encuentran en las calles y en los canales de Pekín más de diez mil individuos inmolados o abandonados por sus padres y sea cual sea la edad de un niño, en este sabio imperio, un padre para desembarazarse de él sólo necesita ponerlo en manos de un juez. Según la ley de los partos un hombre podía matar a su hijo, a su hija o a su hermano, incluso hasta la edad núbil; César observó que esto era costumbre general entre los galos; varios pasajes del Pentateuco demuestran que estaba permitido matar a los hijos entre el pueblo elegido por Dios, y el mismo Dios, en fin, lo exigió a Abraham.
“(…) ¡Un monarca puede creerse autorizado a sacrificar veinte o treinta mil de sus súbditos en un solo día por su propia causa, y un padre no puede, cuando lo juzga conveniente, ser dueño de la vida de sus hijos! ¡Qué! ¡Qué inconsecuencia y qué debilidad en aquéllos que están sujetos por tales cadenas! La autoridad del padre sobre sus hijos, la única real, la única que ha servido de base a todas las demás, nos es dictada por la voz de la Naturaleza misma, y el estudio reflexivo de sus operaciones nos ofrece ejemplo de ello en todo instante. El zar Pedro no dudaba de tal derecho; lo usó y dirigió una declaración pública a todos los poderes de su imperio, en la cual decía que según las leyes divinas y humanas, un padre tenía el derecho absoluto de sentenciar a muerte a sus hijos, sin apelación y sin consultar con nadie. Sólo en nuestra bárbara Francia existe una falsa y ridícula piedad que encadena a este derecho.
“No ─dijo Rodin─, no, amigo, nunca comprenderé que un padre que ha querido dar la vida no tenga la libertad de dar la muerte. Es el precio ridículo que concedemos a esta vida lo que nos hace continuamente desvariar sobre la clase de acción que impulsa a un hombre a librarse de su semejante. Creyendo que la existencia es el mayor de los bienes, nos imaginamos estúpidamente cometer un crimen haciendo desaparecer a los que gozan de ella; pero el cese de esta existencia, o su interrupción, no es un mal, del mismo modo que la vida no es un bien; o mejor dicho, si nada muere, si nada se destruye, si nada se pierde en la Naturaleza, si todas las partes descompuestas de un cuerpo cualquiera sólo esperan la disolución, para reaparecer de nuevo bajo formas nuevas, ¿qué importa un crimen y quién puede atreverse a hallar algún mal en ello?
Normas en el convento benedictino de Saint-Marie-des-Bois
“No estar levantadas por la mañana a la hora prescrita, treinta azotes (casi siempre somos castigadas con este suplicio; es muy natural que un episodio de los placeres de esos libertinos se convierta en su castigo preferido). Presentar a causa de un mal entendido o por lo que fuere, en el acto de los placeres, una parte del cuerpo en vez de la deseada, cincuenta azotes; ir mal vestida o mal peinada, veinte azotes; no haber avisado que una se encuentra en la menstruación, sesenta azotes; el día en que el cirujano constata que una ha quedado embarazada, cien azotes; negligencia, imposibilidad o rechazo de las proposiciones lujuriosas, doscientos azotes. ¡Y cuántas veces su infernal maldad nos encuentra en falta sobre eso, sin que tengamos la menor culpa! ¡Cuántas veces uno de ellos pide súbitamente lo que sabe bien se acaba de conceder a otros y no puede ser repetido en seguida! Es preciso sufrir la corrección; nuestras súplicas y quejas nunca son escuchadas; hay que obedecer o ser castigadas; falta de conducta en la habitación o desobediencia a la decana, sesenta azotes; llorar, mostrar pena o remordimientos, la más leve propensión a la religiosidad, doscientos golpes. Si un monje te escoge para gozar contigo la última crisis del placer y no puede lograrlo, sea por culpa de él, cosa que sucede a menudo, o por culpa tuya, trescientos azotes, inmediatamente; la más leve demostración de repugnancia ante las proposiciones de los monjes, sean éstas de la naturaleza que sean, doscientos azotes, un intento de fuga, una rebelión, nueve días de calabozo completamente desnuda, y trescientos azotes diarios; intrigas, malos consejos, chismes, en cuanto son descubiertos, trescientos azotes; proyectos de suicidio, negarse a comer como es debido, doscientos azotes; falta de respeto a los monjes, ciento ochenta azotes”.
(…) ¿Cómo puede entrar en la cabeza de un hombre razonable que la delicadeza tenga algún valor en el placer? (…) amar y gozar son dos cosas diferentes y la prueba de ello es que se ama todos los días sin gozar y que se goza sin amar.
(…) El sistema del amor al prójimo es una quimera que debemos al cristianismo, y no a la Naturaleza; el seguidor del Nazareno, atormentado, desgraciado y, por consiguiente, en un estado de debilidad que debía llamar a gritos a la tolerancia, a la Humanidad, tuvo necesariamente que establecer esa relación fabulosa entre un ser y otro ser; de este modo conservaba su vida.
(…)─ Bueno, el tigre, el leopardo, de quien ese hombre es, si quieres, la imagen, ¿no ha sido, como él, creado por la Naturaleza, y creado para cumplir las intenciones de ésta? El lobo que devora al cordero realiza los designios de esta madre común, como el malhechor que destruye el objeto de su venganza o de su lubricidad.
─ ¡Oh! Por más que diga, padre, nunca admitiré esta destructora lubricidad. ─ Porque teme ser víctima de ella, y esto es egoísmo.
(…) es como estos perversos escritores cuya corrupción es tan peligrosa y activa que, al publicar sus horribles sistemas, sólo tienen por objeto propagar más allá de sus vidas la suma de sus crímenes; no pueden ya cometerlos, pero sus malditos escritos harán perpetrar otros, y esta dulce idea que se llevan a la tumba los consuela de la obligación de renunciar al mal, en el cual la muerte los coloca.
“(…) ¿No sería estúpido si me apiadara del pollo que es degollado para mi cena? Ese individuo situado muy por debajo de mí, sin ninguna relación conmigo, no puede inspirarme ningún sentimiento; así, pues, las relaciones de la esposa con el marido no son distintas a las del pollo conmigo; una y otro son animales domésticos.
“(…) siento demasiado horror por los prejuicios de los hombres, sinceramente odio demasiado su civilización, sus virtudes y sus dioses para sacrificarles mis inclinaciones.
“(…) necesito de una mujer lista, joven e inteligente, que habiendo pasado ella misma por los espinosos senderos de la miseria, conozca mejor que nadie los medios de corromper a las que se encuentran en ellos, una mujer cuyos ojos penetrantes adivinen la adversidad en las buhardillas más tenebrosas y cuyo espíritu sobornador decida sobre las víctimas que ha de sacar de la miseria empleando los medios que yo presento; una mujer de espíritu agudo; en fin, sin escrúpulos y sin piedad, que no descuidando nada para lograr sus propósitos.
(…) ─ ¡Vamos, La Rose ─dice Saint-Florent─, coge a esta perdida y estréchamela!
No comprendí esta expresión; una cruel experiencia me descubrió pronto su sentido. La Rose me cogió y me colocó de espaldas sobre una banqueta que no tenía más de un pie de diámetro; allí, sin otro punto de apoyo, mis piernas caen hacia un lado y mi cabeza y mis brazos hacia el otro; mis cuatro extremidades son atadas al suelo con la mayor sujeción posible; el verdugo que va a estrechar los caminos se arma de una larga aguja, con hilo encerado y, sin preocuparse por la sangre que va a derramar ni por los dolores que va a causarme, el monstruo, delante de sus amigos a quienes divierte este espectáculo, cierra con una costura la entrada del templo del Amor; luego me hace dar la vuelta sobre mi vientre y mis miembros colgantes vuelven a fijarse como antes, y el indecente altar de Sodoma es obstaculizado de la misma manera.
La filosofía en el tocador
(Primer diálogo)MADAME DE SAINT-ANGE
EL CABALLERO DE MIRVEL
Madame de Saint-Ange — Buen día, hermano. ¿Y el señor Dolmancé?
El Caballero — Llegará a las cuatro en punto. Como comeremos a las siete, tendremos todo el tiempo necesario para charlar.
Madame de Saint-Ange — ¿Sabes, hermano, que estoy un poco arrepentida de mi curiosidad y de los obscenos proyectos que hemos hecho para hoy? Tú eres verdaderamente indulgente, amigo mío; cuando más tengo que ser razonable, más se inflama y se vuelve libertina mi maldita cabeza: me trasmites todo y eso sólo sirve para corromperme... A los veintidós años tendría que ser ya devota y aún no soy sino la más desbordada de las mujeres... No tienes idea de las cosas que concibo y que desearía hacer. Imaginé que limitándome a las mujeres me volvería sabia... que concentrados en mi sexo los deseos no se desatarían hacia el tuyo. Proyectos quiméricos, amigo mío, pues los placeres de los que quería privarme han venido a ofrecerse con mayor ardor a mi espíritu, y he comprendido que cuando se nace para el libertinaje es inútil soñar con imponerse frenos, de inmediato el ardor del deseo los quema. Querido, soy un animal anfibio; todo lo amo, todo me divierte, quiero unir todos los géneros. ¿Pero no crees, hermano, que es una completa extravagancia querer conocer a ese singular Dolmancé, el cual, según dices, nunca ha querido gozar una mujer como lo prescribe el uso y que, sodomita por principio, no sólo es idólatra de su sexo sino que lo cede al nuestro con la especial condición de entregarle los deseados atractivos de los que está acostumbrado a servirse en los hombres? Mira mi extraña fantasía: deseo ser el Ganimedes de este nuevo Júpiter, quiero gozar de sus gustos, de sus excesos, ser la víctima de sus errores. Tú sabes que hasta hoy sólo a ti me he ofrecido de esta manera por complacencia, o a alguno de mis sirvientes, que sólo por interés se prestaron a tratarme de ese modo. Ahora no se trata de complacencia ni de capricho, únicamente me impulsa el deseo... Entre los procedimientos que me han dominado y los que me esclavizarán a esta extraña manía veo una diferencia inconcebible y quiero conocerla. Describe, hermano, a Dolmancé; quiero tenerlo bien grabado en la cabeza antes de verlo llegar. Sabes que sólo estuve con él algunos minutos, al encontrarlo días atrás en una casa.
El Caballero — Dolmancé, hermana, acaba de cumplir treinta y ocho años; es alto, tiene un rostro muy bello, ojos vivos y espirituales, algo un poco duro y maligno se dibuja en sus rasgos a pesar suyo; tiene los dientes más hermosos del mundo, un aspecto y un talle delicados a causa, sin duda, de las maneras femeninas que acostumbra adoptar; posee una extrema elegancia, una bella voz, talento y especialmente mucha filosofía en el espíritu.
Madame de Saint-Ange — Espero que no crea en Dios.
El Caballero — ¿Qué dices? Es el ateo más célebre, el hombre más inmoral... ¡Oh! Dolmancé es la corrupción más íntegra y completa, el individuo más malvado y perverso que pueda existir en el mundo.
Madame de Saint-Ange — ¡Todo esto me enardece! Voy a apasionarme por ese hombre. ¿Y cuáles son sus gustos, hermano?
El Caballero — Las delicias de Sodoma le placen como agente y como paciente; no ama más que hombres en sus placeres y si en ocasiones, no obstante, consiente en hacerlo con mujeres, solo es a condición de que ellas serán complacientes y cambiarán de sexo con él. Le he hablado de ti y le anticipé tus intenciones; él acepta pero te advierte, a su vez, de las cláusulas del negocio. Se negará terminantemente si pretendes comprometerlo en otra cosa: "Lo que consiento hacer con tu hermana es una licencia, dice... una locura de la que sólo se sale raramente y con muchas precauciones."
Madame de Saint-Ange — (¡Salir!... ¡precauciones!...) ¡Amo hasta la locura el lenguaje de esta gente! También nosotras las mujeres tenemos esas palabras exclusivas que prueban, como las de Dolmancé, el horror profundo de que están poseídas por todo aquello que no esté dentro del culto admitido... Di, querido, ¿te ha poseído? ¡Con tu deliciosa figura y tus veinte años creo que se puede cautivar a un hombre semejante!
El Caballero — No te ocultaré mis extravagancias con él. Tienes demasiado espíritu como para desaprobarlas. Amo a las mujeres y me libro a esos raros gustos sólo cuando un hombre amable me cautiva. En tal caso nada hay que no haga. Estoy lejos de esa continencia ridícula que hace creer a nuestros jóvenes frívolos que debe responderse con bastonazos a semejantes proposiciones. ¿Es acaso el hombre dueño de sus gustos? Es preciso compadecer a aquellos que tienen gustos particulares, pero nunca insultarlos: su error es el de la Naturaleza. No eligieron llegar al mundo con inclinaciones diferentes, de la misma manera que nosotros no elegimos nacer derechos o chuecos. Por otra parte, un hombre que dice desearte, ¿dice una cosa desagradable? Por supuesto que no; te hace un cumplido; ¿por qué, entonces, responderle con injurias o insultos? Únicamente los estúpidos pueden pensar así. Un hombre razonable no dirá lo contrario de lo que sostengo. Pero el mundo está poblado de imbéciles que creen que se les falta al respeto si alguien confiesa que los encuentra apropiados para los placeres; pervertidos por las mujeres, celosas siempre de todo lo que tenga apariencia de atentar contra sus derechos, se imaginan ser Quijotes de esos derechos ordinarios, y atacan a quienes no los reconocen.
Madame de Saint-Ange — ¡Ah! ¡Bésame! No serías mi hermano si pensaras de otro modo; pero quiero un poco de detalles y te conjuro a que me los des, tanto sobre el físico como sobre los placeres de ese hombre contigo.
El Caballero — Dolmancé se enteró por uno de mis amigos del soberbio miembro que, como sabes, tengo. Comprometió al marqués de V... a que me invitara a cenar con él. Una vez allí fue necesario exhibir mi miembro. Parecía al principio que el único motivo era la curiosidad, pero pronto un hermoso culo que se me ofrece y del cual se me suplica que goce, me hicieron ver que sólo el placer era el objeto de este examen. Advertí a Dolmancé de todas las dificultades de la empresa y nada lo acobardó. "¡Estoy hecho a prueba de catapultas, me dijo, y no tendrá la gloria de ser el más respetable de los hombres que perforaron el culo que le ofrezco!" El marqués estaba allí moviendo, tocando, besando todo lo que uno y otro sacábamos a luz. Me muestro... quiero al menos algunos preparativos: "No haga eso —dijo el marqués— pues le haría perder la mitad de las sensaciones que Dolmancé espera de usted; él quiere que se lo parta... que se lo desgarre..." "¡Será satisfecho!" dije yo lanzándome ciegamente al abismo... ¿Y puedes creer, hermana, que no tuve ninguna dificultad?... Ni una palabra. Mi verga, enorme como es, desapareció sin que lo sospechara y toqué el fondo de sus entrañas sin que el individuo aparentare sentirlo. Traté a Dolmancé como a un amigo. La excesiva voluptuosidad que sentía, sus espasmos, su conversación deliciosa me hicieron muy pronto feliz y lo inundé. No había terminado de salir cuando Dolmancé se volvió, con los cabellos descompuestos y rojo como una bacante, y me dijo: "¿Ves el estado en que me has puesto, querido caballero?" Mostraba una verga seca y rebelde, muy larga y de por lo menos seis pulgadas de diámetro. "¡Oh, amor mío! Te conjuro a que consientas en servirme de mujer después de haber sido mi amante, para que pueda decir que en tus brazos divinos gusté todos los placeres que quiero con tanta fuerza." No hallando dificultad alguna ni en lo uno ni en lo otro, acepté. Sacándose los pantalones ante mis ojos, el marqués rogaba que fuera con él un hombre mientras era la mujer de su amigo. Lo traté igual que a Dolmancé, quien, devolviéndome centuplicadas todas las sacudidas con que yo colmaba al tercero, muy pronto derrama en el fondo de mi culo ese licor encantador con el que casi simultáneamente yo regaba el de V...
Madame de Saint-Ange — Al encontrarte así entre dos has debido sentir un gran placer. Dicen que es encantador.
El Caballero — Verdaderamente es el mejor lugar, ángel mío. Sin embargo, dígase lo que se diga, esas son extravagancias frente a las cuales prefiero el placer con las mujeres.
Madame de Saint-Ange — Está bien, mi querido; para recompensar tu delicada complacencia ofreceré a tus ardores una jovencita virgen, y más bella que el Amor.
El Caballero — ¡Cómo! ¿Harás venir una mujer a tu casa estando Dolmancé aquí?
Madame de Saint-Ange — Se trata de educarla. Es una jovencita a la que conocí en el convento el otoño pasado, mientras mi marido estaba en las termas. Allí no pudimos, no nos atrevimos a hacer nada porque demasiados ojos estaban fijos sobre nosotras, pero nos prometimos volver a vernos en cuanto fuera posible. Preocupada por este deseo y queriendo satisfacerlo entablé relaciones con su familia. Su padre es un libertino... al cual he cautivado. En resumen, la bella viene y yo la espero; pasaremos juntas dos días... dos días deliciosos; emplearé la mayor parte del tiempo en educarla. Dolmancé y yo introduciremos en esa hermosa cabecita todos los principios del más desenfrenado libertinaje, la envolveremos con nuestros fuegos, la alimentaremos con nuestra filosofía, le inspiraremos nuestros deseos, y como quiero unir algo de práctica a la teoría, como quiero que se demuestre a medida que se expone, te he destinado, hermano, a la cosecha de los mirtos de Citerea, y a Dolmancé la de las rosas de Sodoma. Yo gozaré de dos placeres a la vez, gozaré de esas voluptuosidades criminales y daré lecciones, suscitaré deseos a la dulce inocente que atraeré a nuestras redes. Y bien, hermano, ¿es digno de mi imaginación este proyecto?
El Caballero — Sólo ella pudo concebirlo. Es divino, hermana, y te prometo cumplir a maravilla el papel encantador al que me has destinado. ¡Ah, pícara! Cómo vas a gozar con el placer de educar a esta joven; qué delicias tendrás corrompiéndola, ahogando en su corazón todas las semillas de virtud y de religión que sembraron en él sus institutrices. Verdaderamente, esto es demasiado perverso para mí.
Madame de Saint-Ange — Nada ahorraremos para pervertirla y degradarla, para arrasar con todos los falsos principios de moral con los que hayan podido aturdirla; en dos lecciones quiero volverla tan perversa como yo... tan impía... tan dada a los excesos. Advierte a Dolmancé, ponlo al tanto para que no bien llegue, el veneno de sus inmoralidades circulando junto al qué yo lanzaré en este joven corazón, desarraigue en un instante todas las simientes que hubieran podido germinar sin nosotros.
El Caballero — Imposible encontrar un hombre más adecuado para esta tarea: la irreligión, la impiedad, la inhumanidad y el libertinaje manan de los labios de Dolmancé como en otras épocas la unción mística de los del célebre obispo de Cambrai. Es el seductor más profundo, el hombre más corrompido, el más peligroso... Querida amiga, ¡que tu alumna responda a los cuidados del institutor y te garantizo que muy pronto estará perdida!
Madame de Saint-Ange — Según las aptitudes que le conozco pienso que eso no será largo...
El Caballero — ¿No temes nada de sus padres, hermana? Si esta jovencita se pusiera a charlar cuando vuelva a su casa...
Madame de Saint-Ange — No, ya he seducido al padre... está conmigo. ¿Es necesario que te lo confiese? me he entregado a él para que cierre los ojos. Ignora mis propósitos, pero te aseguro que no se atreverá a profundizar en ellos... Lo tengo en mi poder.
El Caballero — ¡Tus recursos son malignos!
Madame de Saint-Ange — Es preciso, para que sean seguros.
El Caballero — Te ruego que me digas quién es la joven.
Madame de Saint-Ange — Su nombre es Eugenia; hija de un tal Mistival, comerciante de los más ricos de la capital, próximo a los treinta y seis años. La madre tendrá a lo sumo treinta y dos, y la hija quince. Así como Mistival es un libertino su mujer es una devota. En cuanto a Eugenia, sería inútil tratar de pintártela: está más allá de la posibilidad de mis pinceles. De lo que puedes estar convencido es que tanto tú como yo nunca vimos nada más delicioso en el mundo.
El Caballero — Pero, ya que no la puedes pintar, esbózala. Así, sabiendo con quién tendré que enfrentarme, llenaré mi imaginación del ídolo donde deberé sacrificar.
Madame de Saint-Ange — Está bien, mi amigo. Sus cabellos castaños, que apenas pueden encerrarse en las manos, caen hasta debajo de los muslos. Su piel es de una blancura enceguecedora, su nariz un poco aquilina, sus ojos de un negro de ébano ardiente... ¡Oh, es imposible mantener la mirada de esos ojos!... No te imaginas las tonterías que me han hecho hacer... ¡Y si vieras las hermosas cejas que los coronan... los párpados que los cubren!... Su boca es muy pequeña, los dientes muy bellos, ¡y todo tiene una frescura tan grande!... Uno de los mayores atractivos es la manera elegante en que la cabeza se alza sobre sus hombros, y el aire de nobleza que tiene cuando la hace girar... Eugenia aparenta más edad de la que tiene, se le darían diecisiete años. El talle es un modelo de esbeltez y elegancia, su garganta deliciosa... ¡Y posee los senos más hermosos! Apenas podrían llenar una mano, ¡pero son tan dulces... tan frescos... tan blancos!... ¡Veinte veces he perdido la cabeza besándolos! y si vieras de qué modo se animaba bajo mis caricias... ¡de qué modo sus dos grandes ojos pintaban el estado de su alma!... Querido mío, aún no conozco el resto, pero si es preciso juzgar por eso, nunca el Olimpo tuvo una divinidad que la igualase... La oigo llegar... déjanos, sal por el jardín para no encontrarla y sé puntual a la cita.
El Caballero — Lo que has pintado responde por mi exactitud... ¡Oh, cielos! salir... dejarte en el estado en que me encuentro... ¡Adiós!... un beso... un solo beso, hermana, para conservar mi ansia hasta entonces. (Ella lo besa, toca su verga a través del pantalón, y el joven sale precipitadamente).
NOTAS:
(1)Dictionnaire des auteurs, Laffont-Bompiani, 1952, traducción Leo Castillo.
(2)Ib., traducción Leo Castillo.
03 agosto, 2009
04 junio, 2009
Jean Genet, poesía y delito (II)
Jean Genet, delincuencia y probidad
La barrera entre crimen y santidad es sorprendentemente frágil. Habría que definir mejor esta frontera que se desdibuja hasta desaparecer. La autoridad que se arroga un concilio o cónclave es tan arbitraria en este terreno, que bien arduo resulta decidir la proporción de la cuota de aciertos y flagrantes desmanes. Del crimen mismo ha echado mano la Iglesia a la hora de imponer sus criterios, de blindar sus dogmas. En muchos casos los criminales social, judicialmente condenados, están revestidos de tales resplandores de bondad, que de ninguna manera cerraremos filas contra ellos. Los magnates del Medievo han impuesto la aureola avalada por el catolicismo a sus favoritos. Príncipes, herederos de grandes fortunas cebados en la opulencia lucrada del despojo, cantera del santoral venerado sobre palanquines y en hornacinas en las catedrales y las más humildes parroquias de nuestras aldeas por la feligresía miserable de siempre. El viático para alcanzar el cielo sólo puede ser sufragado por las cortes palaciegas, concedido a sus cortesanos. La santidad no está al alcance del pueblo raso, nunca lo estuvo. La opulencia, el boato del Vaticano es ya una advertencia. Así, las reliquias consagradas, milagrosas, deben haber hecho carrera y ser promovidas siempre por el lobby santificador sin excepción, respaldadas siempre por el irresistible argumento de la hacienda. De más está agregar que el aparato legal que rige a seglares es fiel copia de este esquema. Nuetras leyes juzgan y condenan por este mismo rasero. La humildad es ya estimada como indicio de culpa. La riqueza es infalible atenuante de cualquier reprobación.
Nuestro comediante y mártir, Jean Genet, declara no haber delinquido por rebeldía. Entre otras razones, lo hizo para comer, como lo haría un gato callejero, un perro abandonado, cualquier desheredado de los dioses dispensadores de la gloria en la tierra. El poeta, el comediante condenado a cadena perpetua viene a rebelársenos de una sensibilidad casi morbosa, de una impudicia inocente, de una solidaridad ejemplar. Haberse conocido y asumido sin reserva, tenaz camino de iniciación en la comprensión de los hombres, de su fornida debilidad, su ruda poesía.
La represión espiritual opera de la manera más brutal que quepa concebirse. Es explícita y agrede aun el cuerpo. Hablo desde un tiempo y lugar en que habría de presuponerse cierta tolerancia de maneras, contemporizar. Espejismo. Mientras en la historia del hombre medie el vil criterio mercantil de valores, se hablará de réprobos, serán sometidos a triste exclusión de pulmones que osen respirar con libertad. Toca contener el aliento, convenir en la zalema: no es ésta ciertamente la historia de Jean Genet, valiente.
Estimo que vale la pena desafiar a los espantapájaros. Es absolutamente lícito resistir. Morir en la exclusión, no codiciar la consagración contemporánea, ni aun la posteridad. Groucho Marx decía algo a este respecto: “¿Por qué debo hacer algo por la posteridad?, ¿qué ha hecho la posteridad por mí?”
Amigos, ajústense el cinturón de seguridad: estamos ante un hombre libre. Genet no transige. Desnudo ha dicho: “Heme aquí. Soy un hombre, el hombre”. Quisiera azuzar a los poetas de mi tiempo, y a los que vendrán, contra los gendarmes de la obsecuencia. Desobedece, te digo, si desde las profundidades de tu alma ilustrada, un llamado superior te reclama. Renuncia al premio, desecha los reflectores de la escena bufa, siempre que a cambio se te exija la castración: tus pelotas son lo único que vale ante los exquisitos, los agudos, las exigentes conciencias éticas y estéticas de todos los tiempos.
Respira, poeta de tan profundas fidelidades. Aquí celebro a Genet. Es un honor tenerlo en este espacio. Si bien puedes en otra parte saber acerca de él, me permitiré una reseña suya.
Jean Genet, hijo de una prostituta, de padre desconocido, vino a este mundo en el número 22 de la Rue d'Assas (aquí ciertamente estaba la maternidad de beneficencia) el 19 de diciembre de 1910. A los siete meses y diecisiete días de nacido, fue abandonado por su madre. Pupilo de la Asistencia Pública bajo el número 192.102. Dos días después la custodia del niño recayó en la familia conformada por Eugenie y Charles Regnier, de Alligny-en-Morvan. Aquí fue bautizado, católicamente educado, llegando a cantar en una coral hasta ser “niño del coro.”
Su precoz carrera delincuencial se inicia a los diez años. Sorprendido entonces en flagrancia es enviado a una Maison de correction. Su adolescencia será una larga historia de procesos por robo y prostitución homosexual. El poeta del robo, de la homosexualidad, del crimen y de la traición responde:
─ ¿Alguna vez ha sentido interés por las mujeres?
─ Sí, me han interesado cuatro: la Virgen María, Juana de Arco, María Antonieta y Madame Curie.
─ Nos referimos a un interés sexual.
─ No, jamás.(...) Estoy consciente de que ahora la homosexualidad es vista favorablemente en los círculos seudoartísticos. (...) En mi infancia estaba consciente de que me atraían los niños. (...) Lo único que me quedaba era convertirme en santo, sólo eso; en otras palabras, en una negación del hombre.1
A los dieciséis años de edad (2 de septiembre de 1926) es recluido en la penitenciaría de Mettray, y ya no saldrá de prisión hasta la mayoría de edad. Lleva una vida de vagabundo en Francia y España. En 1942 cae de nuevo en prisión, esta vez en Fresne, donde escribe el bello y potente poema (260 versos) Le Condamné à mort. En prisión escribe Notre-Dame des Fleurs (1946).
Jean, que ha estado entrando y saliendo de la cárcel, pagando penas por distintos delitos, llega a ser condenado a cadena perpetua. Así ha escrito y publicado varios libros. Su renombre literario es irrefragable. El 15 de febrero de 1943 ha sido presentado a Cocteau, que lo declara “el más grande escritor de la modernidad”.
El artículo de Cocteau y el concurso prestado por prestigiosas figuras intelectuales de la época, entre los que se cuentan Sartre y Picasso, inciden en las altas esferas, al punto que su condena es conmutada en 1946 por el mismo Vincent Auriol, presidentede Francia. Antes su pena había sido reducida a cuatro meses, al cabo de los cuales, sin embargo, en lugar de ser puesto en libertad, se lo encierra en el tétrico campo de Tourelles, antesala de los campos de concentración.
De modo que durante la ocupación nazi, Genet es un convicto recurrente que, en prisión, ha estado escribiendo una de las más suntuosas literaturas de nuestro tiempo. Les Bonnes (1947) lo coloca en la vanguardia del mejor teatro de entonces, el movimiento llamado teatro del absurdo. Le journal du voleur, novela autobiográfica, es de 1949. Habría que agregar otras, pero me abstendré de fatigar al lector con ello. En 1983 le fue concedido el Grand Prix de Lettres.
Genet es un hombre tenazmente comprometido con la causa de minorías que batallan por igualdad de derechos, un combatiente. Al lado de Marguerite Duras, reaccionando contra las condiciones inhumanas de los trabajadores inmigrantes, ocupan la sede de la CNPF(10 de enero de 1979). Genet recibe de los Estados Unidos una solicitud de apoyo a la demanda de libertad de ciertos miembros de los Black Panthers, movimiento por la igualdad de derechos de la población negra, que se hallan bajo arresto. El poeta no se limita a firmar la solicitud: decide viajar a batallar en el lugar de los hechos. Los gringos le niegan la visa de entrada. El 1 de marzo de 1970, Jean entra clandestinamente desde Canadá. Permanece en los Estados Unidos un par de meses. El 1 de mayo, en el campus de la Universidad de Yale, los estudiantes y el movimiento rebelde escuchan de sus labios el que puede ser su más importante discurso. Las autoridades lo buscan como sabuesos azuzados por el hambre o el odio. El 3 de mayo abandona el país.
De vuelta en Francia, participa activamente en jornadas de protesta en defensa de los inmigrantes magrebís.
En estos días en que el poder judío a varias escalas devenga una diarrea de reconocimientos (y divisas oh, sí) por publicaciones, discos y películas que recrean el manoseado “holocausto”, acaso convenga retrotraernos a ciertos días de 1982, días en que el pueblo de Israel no es justamente la víctima. Genet nos ha legado un macabro testimonio de la masacre de que fue objeto la población de refugiados palestinos en Líbano. Se trata de Cuatro horas en Sabra y Chatila, un documento producido in situ. Jean Genet viajó los días 16 y 17 de ese tenebroso septiembre al lugar de los hechos, con que fue uno de los primeros (y pocos) occidentales que vieron el horror del cobarde genocidio.
El 12 de marzo de 1964 es encontrado el cadáver del joven equilibrista Abdallah Betanga. Se había abierto las venas. Tenía 26 años. Genet lo había conocido en 1956, y debió vender los derechos de Les rêves interdits para cubrir el costo de los cursos del acróbata. Poco después del entierro, moralmente derribado por el impacto, Jean informa que ha quemado sus manuscritos, que abandona la literatura.
En 1974 conoció en Tanger al que será su último amante, Mohamed El-Katrani.
En 1965 Bernard Frechtman, su agente literario americano y él tienen enfrentamientos. En marzo de 1967 Frechtman, este amigo de confianza del poeta, se suicida luego de una crisis depresiva prolongada.
Tildado inicialmente de pornógrafo, nuestro autor celebra “ces humeurs bouleversantes, le sang, le sperme et les larmes”. Y agrega: “Sans doute, l’une des fonctiones de l’art est elle de substituer a la foi religieuse l’efficace de la beauté. Au mons cette beauté doit-elle avoir la puissance d’un poème, c’est-à-dire d’un crime”.2
"Ahora creo que si mis libros estimulan a los lectores sexualmente es porque están mal escritos: la emoción poética debería ser tan fuerte que ningún lector sintiera un estímulo sexual. En cuanto a que mis libros son pornográficos, no los rechazo por ello. Sólo respondo que me faltó gracia."4
El 25 de abril de 1986 en Larache (Marruecos) fue sepultado Jean Genet.
“En la vida del hombre sólo existen algunos destellos. Todo lo demás es grisura.”3
Stanislas Valois Aragón
El condenado a muerteA Maurice Pilorge
asesino de veinte años
(Fragmento)El viento arrastrando un corazón sobre el adoquinado de los patios
un ángel que solloza colgado de un árbol
la columna de azur que ciñe el mármol
hacen abrir en mi noche salidas de emergencia.
Un pajarillo que muere y el sabor a ceniza
el recuerdo de una mirada dormida sobre el muro
y ese puño adolorido que amenaza el cielo
hacen que se incline tu rostro en el cuenco de mi mano.
Ese rostro más rígido y más leve que una máscara
pesa más en mi mano que en los dedos del reducidor
la joya que se embolsilla; él se ahoga en llanto.
Sombrío y fiero, lleva un ramo verde como casco.
Tu rostro es adusto: el de un pastor griego.
Se queda temblando entre la palma de mis manos.
Tu boca es la de una muerta, tus ojos, rosas
y tu nariz es acaso el pico de un arcángel.
El hielo destellante de un pudor malévolo
que recubre tus cabellos claros de astros acerados
corona tu frente de espinas de rosal
¿qué gran pena lo ha fundado si tu rostro canta?
Dime qué loco infortunio hace relumbrar tu mirada
de una desesperación tan grande que el dolor feroz,
perturbador, él mismo, ¿¡personalmente!? adorna tu redonda boca
no obstante tus lágrimas heladas, con una sonrisa de duelo.
No cantes esta noche los “Costauds de la Lune”.
Seas antes, rapazuelo de oro, princesa de una torre
soñando melancólico con nuestro pobre amor
o el obtuso rubio que vela en la gavia.
Él baja hacia el anochecer a cantar en el puente
entre los marineros de rodillas, el habitual
“L’Ave Marie stella”. Cada navegante con su verga
que palpita en su mano de pícaro.
Para ensartarte bello zopenco aventurero
se enristran bajo su pantalón los fornidos marineros.
Amor mío, amor mío, robarás tú las llaves
que me abrirán ese cielo en que vibran los mástiles.
Tal tú diseminas, regio, el blanco sortilegio,
esta nieve sobre mi página en mi callada prisión:
los terrores, la muerte entre las violetas
¡la muerte con sus cantos de gallo! sus amantes fantasmas.
Con pies afelpados pasa un guardia que merodea.
Yace en mis ojos hundidos tu recuerdo
hasta podría escaparse por los techos
dicen que Guyana es tierra caliente.
¡Oh el acogedor presidio imposible, remoto!
Oh, el cielo de la Belle, el mar y las palmeras
los amaneceres transparentes, las noches de locura y de calma
oh, el pelo al rape y la piel suavísima.
Soñemos juntos, Amor, con algún amante rudo
enorme como el Universo, envuelto en sombras.
Nos enredará desnudos en esos albergues sombríos
entre sus muslos dorados, sobre su vientre irresistible.
Un chulo deslumbrador consumado en un arcángel
cachondo ante los ramos de claveles y jazmines
que sostendrán tus manos claras
sobre el venerado flanco que tu beso turba.
¡Mi mueca triste! ¡Amargura que colma
mi desdichado corazón! ¡Mis amores aromados
ya me dejan! ¡Adiós cojones adorados!
¡Por encima de mi voz entrecortada partes pinga insolente!
¡Rapaz, no cantes, compón tu aire forajido!
Sé la viuda de radiante cuello
si no temes al niño armónico
muerto en mí mucho antes que el hacha me decapite.
Venerable muchacho coronado de lilas
inclínate en mi cama, deja que mi rabo alcance
a restallar en tu broncínea mejilla. Escucha relatarte
a tu amante el asesino su gesta en mil destellos.
Canta que tenía tu cuerpo y tu rostro,
tu corazón que no abrirían las espuelas
de un macizo caballero. ¡Tener tus redondas rodillas!
Tu cuello fresco, tu mano suave, ¡ay chaval, tener tus años!
Traducción Leo Castillo
El diario de un ladrónHacia lo que se denomina el mal, por amor, corrí una aventura que me condujo a la cárcel. (…) Los juegos eróticos descubren un mundo innominable que es revelado por el lenguaje nocturno de los amantes. Semejante lenguaje no se escribe. Se susurra, de noche, al oído, con voz ronca. Al amanecer, se olvida. Negando las virtudes de vuestro mundo, los criminales aceptan, desesperadamente, organizar un universo prohibido. Aceptan vivir en él. Su atmósfera es nauseabunda: saben respirarla. Pero ─ los criminales están lejos de vosotros ─ como en el amor, se separan y me separan del mundo y de sus leyes. El suyo huele a sudor, a semen y a sangre. Ofrece, en fin, la abnegación a mi alma sedienta y a mi cuerpo. Porque posee estas condiciones de erotismo es por lo que me encarnicé en el mal. Mi aventura, en ningún momento impuesta por la rebeldía ni por la reivindicación, no será, hasta este día, más que un prolongado apareamiento, recargado, complicado con un pesado ceremonial erótico (ceremonias figurativas que llevan a presidio y lo anuncian). Si es la sanción y, para mí, también la justificación del crimen más inmundo, será el signo del más extremo envilecimiento. Este punto definitivo al que conduce la reprobación de los hombres apareciósele como el lugar ideal de la más pura armonía amorosa, es decir, la más turbia, donde se celebran ilustres bodas de ceniza. (…) Ofrecía pues, a los presidiarios, mi ternura, quise llamarlos con nombres encantadores, designar sus crímenes, por pudor, con la más sutil metáfora (bajo cuyo velo no habría ignorado la suntuosa musculatura del asesino, la violencia de su sexo). (…) Y cada flor me produce una tristeza tan solemne que todas deben significar la pesadumbre, la muerte. Busqué, pues, el amor en función del presidio. Cada una de mis pasiones me hizo esperarlo, entreverlo; me ofrece criminales, me ofrece a ellos o me invita al crimen. (…) Los más hermosos son los que se ven adornados con mi ternura, aunque no olvido a los contrahechos, a los descoyuntados.
Ha sido necesario, me digo, que el crimen vacile mucho tiempo antes de conseguir el perfecto éxito que son Pilorgue o Ange Soleil. Para rematarlos (¡la palabra es cruel!) fue necesario el concurso de coincidencias numerosas: a la belleza de su rostro, a la fuerza y elegancia de su cuerpo debían sumarse su gusto por el crimen, las circunstancias que hacen al criminal, el valor moral capaz de aceptar un destino tal, el castigo, en fin, la crueldad de éste, la cualidad intrínseca que permite al criminal resplandecer en él, todo esto dominado por oscuras regiones. El héroe combate contra la noche y la vence, pero conserva algunos jirones de ella. La misma vacilación, la misma cristalización de dichas preside el éxito de un policía puro. A ambos los amo. Pero si amo su crimen es por lo que conlleva de castigo, “de pena” (pues no puedo suponer que no la han entrevisto). Uno de ellos, el antiguo boxeador Ledoux, contestó, sonriendo, a los inspectores: “Antes de cometerlos es cuando habría podido lamentar mis crímenes”) en la cual quiero acompañarlos para que, de todas maneras, se vean colmados mis amores.
En este diario no quiero camuflar las demás razones que me hicieron ladrón, siendo la más simple la necesidad de comer; sin embargo, en mi elección no intervinieron jamás la rebeldía, la amargura, la cólera ni ningún otro sentimiento parecido. Con un cuidado maníaco, “un cuidado celosos”, preparé mi aventura como se prepara un lecho, una habitación para el amor: el crimen me ha encelado.
LLAMO VIOLENCIA a una audacia en reposo enamorada de los peligros. Se la distingue en una mirada, una forma de caminar, una sonrisa, y es en vosotros en quienes produce oleajes. Os desconcierta. Esta violencia es una calma que os agita. A veces se habla de “un tío con facha”. Los rasgos delicados de Pilorgue eran de una violencia extremada. Su delicadeza era más que nada violenta. Violencia del dibujo de la mano única de Stilitano, inmóvil, sencillamente apoyada en la mesa, que volvía inquietante y peligrosos el reposo. He trabajado con ladrones y rufianes cuya autoridad me arrastraba, pero pocos se mostraron verdaderamente audaces cuando el que más lo fue ─ Guy ─ carecía de violencia. Stilitano, Pilorgue, Michaelis eran cobardes. Y Java. Emanaba de ellos, aún en reposo, inmóviles y sonrientes, por los ojos, por las narices, la boca, el hueco de la mano, la bragueta henchida, por el brutal montículo de la pantorrilla bajo la sábana o la tela, una cólera radiante y sombría, visible en forma de vaho.
Pero casi siempre, nada la pone de manifiesto sino la ausencia de signos habituales. El rostro de René es encantador al principio. La curva cóncava de la nariz le da un aspecto travieso, pero la palidez plomiza de la cara es inquietante. Los ojos son duros, los gestos calmosos y seguros. En los meaderos golpea tranquilamente a los maricas, los cachea, los desvalija; a veces, como golpe de gracia, les da con el tacón en la jeta. No me gusta, pero su calma me subyuga. Actúa, en la más turbadora oscuridad, al lado de los meaderos del césped, de los bosquecillos, bajo los árboles de los Campos Elíseos, junto a las estaciones, en la puerta Maillot, en el Bosque de Bolonia (siempre de noche) con una seriedad desprovista de romanticismo. Cuando vuelve, a la dos o a las tres de la mañana, lo noto aprovisionado de aventuras. Cada parte de su cuerpo, participó en ellas: sus brazos, sus piernas, su nuca. Pero él, ignorante de estas maravillas, me las cuenta en lenguaje concreto. Va sacando del bolsillo las sortijas, las alianzas, los relojes, botín de la noche. Los mete en un vaso grande que pronto estará lleno. No le extrañan ni los maricas ni sus costumbres: éstas no existen sino para facilitarle los golpes.
(…) Ahora que estoy escribiendo, pienso en mis amantes. Querría verlos embadurnados con mi vaselina, con esta suave materia, un poco mentolada. Querría que sus músculos estuvieran inmersos en esta delicada transparencia sin la cual sus más caros atributos son menos hermosos.
Cuando se pierde un miembro, me dicen, el que queda se hace más fuerte. Esperaba yo que el vigor de su brazo cortado se hubiera acumulado en el sexo de Stilitano. Imaginé durante largo tiempo un miembro sólido, aporreador, capaz de la peor de las desfachateces, aunque al principio me intrigase lo que de él me permitía conocer Stilitano: el pliegue único, pero curiosamente preciso, sobre la pierna izquierda de su pantalón de tela azul. Quizá este detalle hubiera obsesionado menos mi imaginación si a cada momento Stilitano no se hubiera llevado la mano izquierda ahí, y si no hubiera pellizcado delicadamente, con las uñas, el tejido, igual que las señoras cuando hacen una reverencia, marcando el plegue. No creo que perdiera nunca la sangre fría, pero frente a mí estaba especialmente tranquilo. Con ligera sonrisa impertinente, pero con negligencia, miraba cómo le adoraba yo. Sé que me amará.
Antes de que franquera, con la cesta en la mano, la puerta de nuestro hotel, yo estaba tan conmovido que besé a Salvador en la calle, pero él me apartó:
─ ¡Estás loco! ¡Van a tomarnos por mariconas!1
Hablaba bastante bien el francés, que había aprendido en el campo, en Parpiñán, adonde iba a vendimiar. Ofendido, me aparté de él. Tenía la cara violeta, del color de los repollos que se recogen en invierno. Salvador no sonrió. Estaba escandalizado. “ No merecía la pena ─ debió de pensar ─ que me levantara tan temprano para mendigar por la nieve. Jean no sabe comportarse.” Tenía el pelo hirsuto y mojado. Tras la vidriera había rostros que nos contemplaban, pues el bajo del hotel estaba ocupado por la gran sala de un café que daba a la calle, y que había que atravesar para subir a las habitaciones. Salvador se limpió la cara con la mano y entró. Yo vacilé. Entré a mi vez. Tenía veinte años. Puesto que posee la limpidez de una lágrima, ¿por qué no iba yo a beberme con el mismo fervor la gota que oscila en el borde de la nariz? Ya estaba lo bastante entrenado en rehabilitar lo innoble para hacerlo. Si no hubiera temido indignar a Salvador lo habría hecho en el café. Él, sin embargo, sorbió, y adiviné que se tragaba los mocos. Con la cesta al brazo, por entre los mendigos y los maleantes, se dirigió hacia la cocina. Iba delante de mí.
─ ¿Qué te pasa? ─ dije.
─ Te estás haciendo notar.
─ Y ¿qué hay de malo en ello?
─ No hay que besarse así, en la calle. Esta noche, si quieres…
Dijo todo con una mueca sin gracia y el mismo desdén. Yo sólo había querido testimoniarle mi gratitud, reconfortarlo con mi pobre ternura.
─ Pero, ¿qué te has creído?
Alguien lo empujó sin pedir perdón y me separó de él. No lo seguí hasta la cocina. Me acerqué a un banco donde había un sitio libre cerca de la estufa. Poco me preocupaba saber cómo, aunque loco por la belleza vigorosa, podría enamorarme de este mendigo piojoso y feo, maltratado por los menos osados, prendarme de sus nalgas angulosas… ¿y si, por desgracia, tuviera un sexo magnífico?
(…) No formábamos bandas peor o mejor organizadas, pero en aquel gran desorden sucio, en el centro de un barrio que apestaba a aceite, a orina y a mierda, algunos hombres perdidos se ponían en manos de otro de otro más hábil. Tanta miseria centelleaba con la juventud de muchos de nosotros, y con ese brillo más misterioso de algunos que relumbraban de verdad, chavales cuyo cuerpo, mirada y gestos están cargados de un magnetismo que nos convierten en objetos suyos. Y de este modo fui fulminado por uno de ellos. Para hablar mejor de Stilitano, el manco, esperaré algunas páginas. Sépase ante todo que no lo adornaba ninguna virtud cristiana. Todo su fulgor, su poderío le dimanaban de entre las piernas. Su verga, y lo que la completa, todo el aparato era tan hermoso que no puedo llamarlo más que un órgano generador. Estaba muerto, creíais, pues se alteraba raramente, y lentamente: velaba. Elaboraba en la noche de una bragueta bien abotonada, aun cuando lo fuese por una sola mano, esa luminosidad en la que resplandecerá su portador.
Mis amores con Salvador duraron seis meses. No fueron los más embriagadores pero sí los más fecundos. Había logrado amar el cuerpo enclenque, el rostro gris, la barba rala y ridículamente dispuesta. Salvador miraba por mí, pero por la noche, a la luz de una vela, buscaba yo en las costuras de su pantalón los piojos, nuestros familiares. Los piojos eran nuestros inquilinos. Daban a nuestra ropa una animación, una presencia que, al desaparecer, la dejaban como muerta. Nos gustaba saber ─ y sentir ─ pulular a los bichos traslúcidos que, sin estar domesticados, eran tan nuestros que el piojo de otro que no fuéramos nosotros dos nos daba asco. Nos los quitábamos, pero con la esperanza de que, en el día, las liendres se hubieran abierto. Con nuestras uñas los aplastábamos sin asco y sin odio. No tirábamos el cadáver ─ o despojo ─ al vertedero, lo dejábamos caer, sangriento de nuestra sangre, en nuestra desaliñada ropa interior. (…) Habiendo llegado a ser tan útiles para el conocimiento de nuestra insignificancia como las joyas para el conocimiento de eso que se llama triunfo, los piojos eran valiosos. Eran a un tiempo nuestra vergüenza y nuestra honra. He vivido mucho tiempo en una habitación sin más ventanas que un montante que daba al corredor, en la que, por la noche, cinco caritas, sonrientes o crispadas por el anquilosamiento de una postura incómoda, empapadas de sudor, buscaban a esos insectos de cuya virtud participábamos. Estaba bien que yo fuese el amante del más pobre y del más feo en el fondo de tanta miseria.
(…) Que los mendigos cultiven las llagas es también, para ellos, el medio de conseguir algo de dinero ─ lo justo para vivir ─ pero si a ello los condujo una apatía dentro de la miseria, el orgullo que se necesario para mantenerse por fuera del desprecio, lo despanzurra. Adentrándose más en la abyección, el orgullo será más fuerte (si ese mendigo soy yo mismo) cuando posea la ciencia ─ fuerza o flaqueza ─ de aprovecharme de un destino tal. Es preciso, a medida que esta lepra me va ganando, que la gane yo a ella y que yo gane. Así pues, ¿me iré haciendo cada vez más innoble, cada vez más objeto de asco, hasta el punto final que es aún no sé qué pero que debe ser recogido por una búsqueda estética tanto como moral? La lepra, a la que comparo nuestro estado, provocará, dicen, una irritación de los sentidos; el enfermo se rasca: se encela. En el erotismo solitario la lepra se consuela y canta su dolor. La miseria se encumbraba. Paseábamos por España una magnificencia secreta, sin arrogancia. Nuestros gestos eran cada vez más humildes, cada vez más apagados, a medida que era más intensa la brasa de humildad que nos hacía vivir. Así se desarrollaba mi talento al dar un sentido sublime a tan pobre apariencia. (No hablo aún de talento literario.) Ello me habrá sido una disciplina muy útil, que me permite todavía sonreír tiernamente a los más humildes entre los detritos, ya sean humanos o materiales, y hasta las vomitadoras, hasta la saliva que dejo corre sobre el rostro de mi madre, hasta a vuestros excrementos. Conservaré dentro de mí mismo la idea de mí mismo mendigando.
Me quise semejante a esa mujer que, ocultándose de la gente, conservó en su casa a su hija, una especie de monstruo horrendo, deforme, que gruñía y andaba a cuatro patas, estúpido y blanco. Al dar a luz, su desesperación fue tal, sin duda, que se convirtió en la esencia misma de su vida. Decidió amar a ese monstruo, amar la fealdad salida de su vientre, en el que se había elaborado, y erigirla devotamente. Fue dentro de sí misma donde dispuso un altar en que conservaba la idea del monstruo. Con cuidados piadosos, manos suaves a pesar de los callos de las faenas cotidianas, con el encarnizamiento voluntarioso de los desesperados, se opuso al mundo, opuso al mundo el monstruo que adquirió las proporciones del mundo y de su potencia. A partir del monstruo se fueron ordenando nuevos principios, combatidos sin tregua por las fuerzas del mundo, que venían a chocar con ella pero se paraban en las paredes de su morada, donde estaba encerrada su hija.2
Pero, como había que robar a veces, conocíamos también las bellezas claras, terrestres, de la audacia. Antes de dormirnos, el jefe, el jinete, nos daba consejos. Con documentación falsa, por ejemplo, íbamos a diferentes consulados a fin de ser repatriados. El cónsul, enternecido o aburrido por nuestras lamentaciones y nuestra miseria, nuestra mugre, nos daba un billete de ferrocarril para un puesto fronterizo. Nuestro jefe lo revendía en la estación de Barcelona. Nos indicaba también los robos que se podían cometer también en las iglesias ─ a lo que no se atrevían los españoles ─ o en los chalés elegantes: era, en fin, él mismo quien nos llevaba a los marineros ingleses u holandeses a quienes nos debíamos prostituir por unas cuantas pesetas.
Así robábamos a veces y cada robo nos daba un respiro momentáneo. Una vela de armas precede a cada expedición nocturna. El nerviosismo provocado por el miedo, por la angustia, a veces, facilita un estado vecino de las disposiciones religiosas. Tengo, entonces, tendencia a interpretar el menor accidente. Las cosas se convierten en señal de suerte. Quiero encantar a las potencias desconocidas de las que me parece depender el éxito de la aventura. Ahora bien, intento encantarlas por medio de actos morales, por medio de la caridad en primer lugar: doy más y mejor a los mendigos, cedo mi asiento a los ancianos, les cedo el paso, ayudo a los ciegos a cruzar las calles, etcétera. Así es como si reconociera que el robo es presidido por un dios a quien agradan las acciones morales. Estas tentativas para lanzar una red azarosa en la que se deja capturar el dios del que no sé nada me agotan, me sacan de quicio, favorecen más eses estado religioso. Comunican al acto de robar la gravedad de un acto ritual. Este se llevará a cabo verdaderamente en el corazón de las tinieblas, a las cuales se añade el que tenga lugar de preferencia de noche, mientras la gente duerme, en un lugar cerrado, y estando quizá uno mismo enmascarado de negro. El hecho de andar de puntillas, el silencio, la invisibilidad que necesitamos incluso en pleno día, las manos a tientas que organizan en la sombra gestos de una complicación, de una precaución insólita ─ girar la simple empuñadura de una puerta necesita una multitud de movimientos, cada uno de los cuales tiene el destello de la faceta de una joya ─ (al descubrir el oro me parece que lo he des; los negros me rodean; con sus lanzas envenenadas amenazan mi cuerpo indefenso, pero, como la virtud del oro actúa, un gran vigor me derriba o me exalta, las lanzas se bajan, los negros me reconocen y soy de la tribu), la prudencia, la voz susurrada, el oído atento, la presencia invisible y nerviosa del cómplice y la comprensión de su menor seña, todo nos recoge en nosotros mismos, nos apiña, hace de nosotros una bola de presencia que tan bien describen las palabras de Guy:
─ “Se siente uno vivir.”
Cuatro horas en Sabra y Chatila
Para mí, como para el resto de la población que quedaba, deambular por Chatila y Sabra se parecía al juego de la pídola. Un niño muerto puede a veces bloquearuna calle, son tan estrechas, tan angostas,y los muertos tan cuantiosos. Su olor es sin duda familiar a los ancianos: a mí
no me incomodaba. Pero cuántas moscas. Si levantaba
el pañuelo o el periódico árabe puesto sobre
una cabeza, las molestaba. Enfurecidas por mi gesto,
venían en enjambre al dorso de mi mano y trataban
de alimentarse ahí. El primer cadáver que vi era el de
un hombre de unos cincuenta o sesenta años.
Habría tenido una corona de cabellos blancos si una
herida (un hachazo, me pareció) no le hubiera abierto
el cráneo. Una parte ennegrecida del cerebro estaba
en el suelo, junto a la cabeza. Todo el cuerpo estaba
tumbado sobre un charco de sangre, negro y coagulado.
El cinturón estaba desabrochado, el pantalón
se sujetaba por un solo botón. Las piernas y los
pies del muerto estaban desnudos, negros, violetas y
malvas: ¿quizá fue sorprendido por la noche o a la
aurora?, ¿huía? Estaba tumbado en una callejuela
inmediatamente a la derecha de la entrada del campamento
de Chatila que está frente a la embajada de
Kuwait. ¿Cómo los israelíes, soldados y oficiales,
pretenden no haber oído nada, no haberse dado
cuenta de nada si ocupaban este edificio desde el
miércoles por la mañana? ¿Es que se masacró en
Chatila entre susurros o en silencio total?
Las fotografías no captan las moscas ni el olor
blanco y espeso de la muerte. Tampoco dicen los saltos
que hay que dar cuando se va de un cadáver a otro.
Si miramos atentamente un muerto, sucede un
fenómeno curioso: la ausencia de vida en un cuerpo
equivale a la ausencia total del cuerpo o más bien a
su huida ininterrumpida. Aunque nos acerquemos,
creemos que no lo tocaremos nunca. Eso si lo contemplamos.
Pero si hacemos un gesto en su dirección,
nos agachamos junto a él, le movemos un
brazo, un dedo, de repente se vuelve presente e incluso amigo.
(...)El cuerpo de un hombre de treinta a treinta
y cinco años estaba tumbado boca abajo. Como
si todo el cuerpo no fuese más que una vejiga con
forma humana, se había hinchado bajo el sol y por
la química de la descomposición hasta inflar el pantalón,
que amenazaba con estallar en las nalgas y en
los muslos. La única parte de su rostro que pude ver
era violeta y negra. Un poco más arriba de la rodilla,
bajo la tela desgarrada, el muslo mostraba un
tajo. Origen del tajo: ¿una bayoneta, un cuchillo, un
puñal? Unas moscas en la herida y otras alrededor.
La cabeza, más grande que una sandía —una sandía
negra. Pregunté su nombre, era musulmán.
—¿Quién es?
—Palestino —me respondió en francés un hombre
de unos cuarenta años—. Vea lo que le han hecho.
Tiró de la manta que cubría los pies y una parte
de las piernas. Las pantorrillas estaban desnudas,
negras e hinchadas. Los pies, calzados con botines
negros desatados, y los tobillos atados fuertemente
con el nudo de una soga —visiblemente resistente—
de aproximadamente tres metros de largo, que
yo colocaba para que la señora S. (americana) pudiese
fotografiar con precisión. Pregunté al hombre de
cuarenta años si podía ver la cara.
—Si quiere véalo, pero usted mismo.
—¿Quiere ayudarme a girarle la cabeza?
—No.
—¿Lo han arrastrado por las calles con esta cuerda?
—No lo sé, señor.
—¿Quién lo ha atado?
—No lo sé.
—¿La gente del comandante Haddad?1
— No lo sé.
—¿Los israelíes?
—No lo sé.
—¿Los kataeb?2
—No lo sé.
—¿Lo conocías?
—Sí.
—¿Lo has visto morir?
—Sí.
—¿Quién lo ha matado?—No lo sé.
1.El comandante Saad Haddad dirigía la milicia llamada ejército del
Sur de Líbano (ESL), aliada de Israel y que controlaba el sur libanés
ocupado por Israel desde 1978. En 1982, el ESL siguió al ejército
israelí en su avance hacia Beirut. Haddad murió en 1984, sucediéndole
al frente del ESL el general Antoine Lahad.
2 En árabe, falangistas. El Partido Kataeb o Falange, formación de la
extrema derecha cristina maronita aliada de Israel, fue creado por
Pierre Gemayel en 1936 tras un viaje por la Europa fascista. El nombre
deriva, de hecho, de la Falange española. Fueron las milicias falangistas
(hegemónicas dentro de la estructura militar unificada de las
organizaciones políticas de la derecha cristiana libanesa, las denominadas
Fuerzas Libanesas, FL) las que perpetraron las matanzas de
Sabra y Chatila. Las FL estaban dirigidas por el menor de los hijos de
Gemayel, Bechir, elegido presidente de Líbano el 23 de agosto de
1982 con el apoyo de Israel y EEUU. Bechir Gemayel fue asesinado
el 14 de septiembre, excusa de las matanzas de Sabra y Chatila, perpetradas
durante los días 16 y 18 de septiembre, tras la entrada del
ejército israelí en Beirut Oeste esa misma madrugada.
3.El 17 de mayo de 1977 el Likud gana las elecciones en Israel y
Menahem Begin se convierte en primer ministro. Ariel Sharon es
designado ministro de Defensa.
4. Tras dos meses de combates y asedio, el mediador norteamericano
del presidente Reagan, Philip Habib, logra el compromiso de la OLP
de abandonar Beirut Oeste a cambio de garantizar la protección internacional
para la población palestina de los campamentos de refugiados
situados en la periferia sur de la ciudad, los de Sabra y Chatila,
por medio del despliegue de una fuerza multinacional de soldados italianos,
franceses y norteamericanos. Los combatientes palestinos
abandonan la capital libanesa el 1 de septiembre, y el 10 de septiembre
lo hace la fuerza multinacional desplegada. Tras el asesinato —
nunca esclarecido—, ese mismo 14 de septiembre, del recién elegido
nuevo presidente libanés, Bechir Gemayel, el ejército israelí ocupa
Beirut Oeste en contra de lo pactado con EEUU.
5. En árabe, “nuestra casa”.
6. Referencia al éxodo palestino de la guerra de 1967.
7. En árabe, monte.
L o rd Arthur James Ba l f o u r, ministro británico de Asuntos
Exteriores, escribió el 2 de noviembre de 1917 una carta al representante
de los judíos británicos en la que expresaba que el gobierno se
mostraba favorable a la creación de un “hogar nacional para el pueblo
judío en Palestina”, compromiso que se considera clave del inicio del
problema palestino. Genet señala más abajo que Gran Bretaña aún no
era entonces potencia mandataria sobre Palestina.
8. Jefes de gobierno o presidentes de los países comprometidos en la
fuerza de interposición desplegada en Beirut (véase la nota 8).
9. Genet recoge aquí la hipótesis de que Gemayel fuera asesinado
por sus propios aliados israelíes a fin de justificar un control definitivo
de Israel sobre Líbano o, al menos, la entrada de su ejército en
Beirut Oeste a fin de aniquilar definitivamente a la resistencia palestina
que aún pudiera permanecer allí y a sus aliados libaneses. En
cualquier caso, su asesinato no ha sido nunca esclarecido.
10. Filósofa alemana (1906-1975).
La barrera entre crimen y santidad es sorprendentemente frágil. Habría que definir mejor esta frontera que se desdibuja hasta desaparecer. La autoridad que se arroga un concilio o cónclave es tan arbitraria en este terreno, que bien arduo resulta decidir la proporción de la cuota de aciertos y flagrantes desmanes. Del crimen mismo ha echado mano la Iglesia a la hora de imponer sus criterios, de blindar sus dogmas. En muchos casos los criminales social, judicialmente condenados, están revestidos de tales resplandores de bondad, que de ninguna manera cerraremos filas contra ellos. Los magnates del Medievo han impuesto la aureola avalada por el catolicismo a sus favoritos. Príncipes, herederos de grandes fortunas cebados en la opulencia lucrada del despojo, cantera del santoral venerado sobre palanquines y en hornacinas en las catedrales y las más humildes parroquias de nuestras aldeas por la feligresía miserable de siempre. El viático para alcanzar el cielo sólo puede ser sufragado por las cortes palaciegas, concedido a sus cortesanos. La santidad no está al alcance del pueblo raso, nunca lo estuvo. La opulencia, el boato del Vaticano es ya una advertencia. Así, las reliquias consagradas, milagrosas, deben haber hecho carrera y ser promovidas siempre por el lobby santificador sin excepción, respaldadas siempre por el irresistible argumento de la hacienda. De más está agregar que el aparato legal que rige a seglares es fiel copia de este esquema. Nuetras leyes juzgan y condenan por este mismo rasero. La humildad es ya estimada como indicio de culpa. La riqueza es infalible atenuante de cualquier reprobación.
Nuestro comediante y mártir, Jean Genet, declara no haber delinquido por rebeldía. Entre otras razones, lo hizo para comer, como lo haría un gato callejero, un perro abandonado, cualquier desheredado de los dioses dispensadores de la gloria en la tierra. El poeta, el comediante condenado a cadena perpetua viene a rebelársenos de una sensibilidad casi morbosa, de una impudicia inocente, de una solidaridad ejemplar. Haberse conocido y asumido sin reserva, tenaz camino de iniciación en la comprensión de los hombres, de su fornida debilidad, su ruda poesía.
La represión espiritual opera de la manera más brutal que quepa concebirse. Es explícita y agrede aun el cuerpo. Hablo desde un tiempo y lugar en que habría de presuponerse cierta tolerancia de maneras, contemporizar. Espejismo. Mientras en la historia del hombre medie el vil criterio mercantil de valores, se hablará de réprobos, serán sometidos a triste exclusión de pulmones que osen respirar con libertad. Toca contener el aliento, convenir en la zalema: no es ésta ciertamente la historia de Jean Genet, valiente.
Estimo que vale la pena desafiar a los espantapájaros. Es absolutamente lícito resistir. Morir en la exclusión, no codiciar la consagración contemporánea, ni aun la posteridad. Groucho Marx decía algo a este respecto: “¿Por qué debo hacer algo por la posteridad?, ¿qué ha hecho la posteridad por mí?”
Amigos, ajústense el cinturón de seguridad: estamos ante un hombre libre. Genet no transige. Desnudo ha dicho: “Heme aquí. Soy un hombre, el hombre”. Quisiera azuzar a los poetas de mi tiempo, y a los que vendrán, contra los gendarmes de la obsecuencia. Desobedece, te digo, si desde las profundidades de tu alma ilustrada, un llamado superior te reclama. Renuncia al premio, desecha los reflectores de la escena bufa, siempre que a cambio se te exija la castración: tus pelotas son lo único que vale ante los exquisitos, los agudos, las exigentes conciencias éticas y estéticas de todos los tiempos.
Respira, poeta de tan profundas fidelidades. Aquí celebro a Genet. Es un honor tenerlo en este espacio. Si bien puedes en otra parte saber acerca de él, me permitiré una reseña suya.
Jean Genet, hijo de una prostituta, de padre desconocido, vino a este mundo en el número 22 de la Rue d'Assas (aquí ciertamente estaba la maternidad de beneficencia) el 19 de diciembre de 1910. A los siete meses y diecisiete días de nacido, fue abandonado por su madre. Pupilo de la Asistencia Pública bajo el número 192.102. Dos días después la custodia del niño recayó en la familia conformada por Eugenie y Charles Regnier, de Alligny-en-Morvan. Aquí fue bautizado, católicamente educado, llegando a cantar en una coral hasta ser “niño del coro.”
Su precoz carrera delincuencial se inicia a los diez años. Sorprendido entonces en flagrancia es enviado a una Maison de correction. Su adolescencia será una larga historia de procesos por robo y prostitución homosexual. El poeta del robo, de la homosexualidad, del crimen y de la traición responde:
─ ¿Alguna vez ha sentido interés por las mujeres?
─ Sí, me han interesado cuatro: la Virgen María, Juana de Arco, María Antonieta y Madame Curie.
─ Nos referimos a un interés sexual.
─ No, jamás.(...) Estoy consciente de que ahora la homosexualidad es vista favorablemente en los círculos seudoartísticos. (...) En mi infancia estaba consciente de que me atraían los niños. (...) Lo único que me quedaba era convertirme en santo, sólo eso; en otras palabras, en una negación del hombre.1
A los dieciséis años de edad (2 de septiembre de 1926) es recluido en la penitenciaría de Mettray, y ya no saldrá de prisión hasta la mayoría de edad. Lleva una vida de vagabundo en Francia y España. En 1942 cae de nuevo en prisión, esta vez en Fresne, donde escribe el bello y potente poema (260 versos) Le Condamné à mort. En prisión escribe Notre-Dame des Fleurs (1946).
Jean, que ha estado entrando y saliendo de la cárcel, pagando penas por distintos delitos, llega a ser condenado a cadena perpetua. Así ha escrito y publicado varios libros. Su renombre literario es irrefragable. El 15 de febrero de 1943 ha sido presentado a Cocteau, que lo declara “el más grande escritor de la modernidad”.
El artículo de Cocteau y el concurso prestado por prestigiosas figuras intelectuales de la época, entre los que se cuentan Sartre y Picasso, inciden en las altas esferas, al punto que su condena es conmutada en 1946 por el mismo Vincent Auriol, presidentede Francia. Antes su pena había sido reducida a cuatro meses, al cabo de los cuales, sin embargo, en lugar de ser puesto en libertad, se lo encierra en el tétrico campo de Tourelles, antesala de los campos de concentración.
De modo que durante la ocupación nazi, Genet es un convicto recurrente que, en prisión, ha estado escribiendo una de las más suntuosas literaturas de nuestro tiempo. Les Bonnes (1947) lo coloca en la vanguardia del mejor teatro de entonces, el movimiento llamado teatro del absurdo. Le journal du voleur, novela autobiográfica, es de 1949. Habría que agregar otras, pero me abstendré de fatigar al lector con ello. En 1983 le fue concedido el Grand Prix de Lettres.
Genet es un hombre tenazmente comprometido con la causa de minorías que batallan por igualdad de derechos, un combatiente. Al lado de Marguerite Duras, reaccionando contra las condiciones inhumanas de los trabajadores inmigrantes, ocupan la sede de la CNPF(10 de enero de 1979). Genet recibe de los Estados Unidos una solicitud de apoyo a la demanda de libertad de ciertos miembros de los Black Panthers, movimiento por la igualdad de derechos de la población negra, que se hallan bajo arresto. El poeta no se limita a firmar la solicitud: decide viajar a batallar en el lugar de los hechos. Los gringos le niegan la visa de entrada. El 1 de marzo de 1970, Jean entra clandestinamente desde Canadá. Permanece en los Estados Unidos un par de meses. El 1 de mayo, en el campus de la Universidad de Yale, los estudiantes y el movimiento rebelde escuchan de sus labios el que puede ser su más importante discurso. Las autoridades lo buscan como sabuesos azuzados por el hambre o el odio. El 3 de mayo abandona el país.
De vuelta en Francia, participa activamente en jornadas de protesta en defensa de los inmigrantes magrebís.
En estos días en que el poder judío a varias escalas devenga una diarrea de reconocimientos (y divisas oh, sí) por publicaciones, discos y películas que recrean el manoseado “holocausto”, acaso convenga retrotraernos a ciertos días de 1982, días en que el pueblo de Israel no es justamente la víctima. Genet nos ha legado un macabro testimonio de la masacre de que fue objeto la población de refugiados palestinos en Líbano. Se trata de Cuatro horas en Sabra y Chatila, un documento producido in situ. Jean Genet viajó los días 16 y 17 de ese tenebroso septiembre al lugar de los hechos, con que fue uno de los primeros (y pocos) occidentales que vieron el horror del cobarde genocidio.
El 12 de marzo de 1964 es encontrado el cadáver del joven equilibrista Abdallah Betanga. Se había abierto las venas. Tenía 26 años. Genet lo había conocido en 1956, y debió vender los derechos de Les rêves interdits para cubrir el costo de los cursos del acróbata. Poco después del entierro, moralmente derribado por el impacto, Jean informa que ha quemado sus manuscritos, que abandona la literatura.
En 1974 conoció en Tanger al que será su último amante, Mohamed El-Katrani.
En 1965 Bernard Frechtman, su agente literario americano y él tienen enfrentamientos. En marzo de 1967 Frechtman, este amigo de confianza del poeta, se suicida luego de una crisis depresiva prolongada.
Tildado inicialmente de pornógrafo, nuestro autor celebra “ces humeurs bouleversantes, le sang, le sperme et les larmes”. Y agrega: “Sans doute, l’une des fonctiones de l’art est elle de substituer a la foi religieuse l’efficace de la beauté. Au mons cette beauté doit-elle avoir la puissance d’un poème, c’est-à-dire d’un crime”.2
"Ahora creo que si mis libros estimulan a los lectores sexualmente es porque están mal escritos: la emoción poética debería ser tan fuerte que ningún lector sintiera un estímulo sexual. En cuanto a que mis libros son pornográficos, no los rechazo por ello. Sólo respondo que me faltó gracia."4
El 25 de abril de 1986 en Larache (Marruecos) fue sepultado Jean Genet.
“En la vida del hombre sólo existen algunos destellos. Todo lo demás es grisura.”3
Stanislas Valois Aragón
El condenado a muerteA Maurice Pilorge
asesino de veinte años
(Fragmento)El viento arrastrando un corazón sobre el adoquinado de los patios
un ángel que solloza colgado de un árbol
la columna de azur que ciñe el mármol
hacen abrir en mi noche salidas de emergencia.
Un pajarillo que muere y el sabor a ceniza
el recuerdo de una mirada dormida sobre el muro
y ese puño adolorido que amenaza el cielo
hacen que se incline tu rostro en el cuenco de mi mano.
Ese rostro más rígido y más leve que una máscara
pesa más en mi mano que en los dedos del reducidor
la joya que se embolsilla; él se ahoga en llanto.
Sombrío y fiero, lleva un ramo verde como casco.
Tu rostro es adusto: el de un pastor griego.
Se queda temblando entre la palma de mis manos.
Tu boca es la de una muerta, tus ojos, rosas
y tu nariz es acaso el pico de un arcángel.
El hielo destellante de un pudor malévolo
que recubre tus cabellos claros de astros acerados
corona tu frente de espinas de rosal
¿qué gran pena lo ha fundado si tu rostro canta?
Dime qué loco infortunio hace relumbrar tu mirada
de una desesperación tan grande que el dolor feroz,
perturbador, él mismo, ¿¡personalmente!? adorna tu redonda boca
no obstante tus lágrimas heladas, con una sonrisa de duelo.
No cantes esta noche los “Costauds de la Lune”.
Seas antes, rapazuelo de oro, princesa de una torre
soñando melancólico con nuestro pobre amor
o el obtuso rubio que vela en la gavia.
Él baja hacia el anochecer a cantar en el puente
entre los marineros de rodillas, el habitual
“L’Ave Marie stella”. Cada navegante con su verga
que palpita en su mano de pícaro.
Para ensartarte bello zopenco aventurero
se enristran bajo su pantalón los fornidos marineros.
Amor mío, amor mío, robarás tú las llaves
que me abrirán ese cielo en que vibran los mástiles.
Tal tú diseminas, regio, el blanco sortilegio,
esta nieve sobre mi página en mi callada prisión:
los terrores, la muerte entre las violetas
¡la muerte con sus cantos de gallo! sus amantes fantasmas.
Con pies afelpados pasa un guardia que merodea.
Yace en mis ojos hundidos tu recuerdo
hasta podría escaparse por los techos
dicen que Guyana es tierra caliente.
¡Oh el acogedor presidio imposible, remoto!
Oh, el cielo de la Belle, el mar y las palmeras
los amaneceres transparentes, las noches de locura y de calma
oh, el pelo al rape y la piel suavísima.
Soñemos juntos, Amor, con algún amante rudo
enorme como el Universo, envuelto en sombras.
Nos enredará desnudos en esos albergues sombríos
entre sus muslos dorados, sobre su vientre irresistible.
Un chulo deslumbrador consumado en un arcángel
cachondo ante los ramos de claveles y jazmines
que sostendrán tus manos claras
sobre el venerado flanco que tu beso turba.
¡Mi mueca triste! ¡Amargura que colma
mi desdichado corazón! ¡Mis amores aromados
ya me dejan! ¡Adiós cojones adorados!
¡Por encima de mi voz entrecortada partes pinga insolente!
¡Rapaz, no cantes, compón tu aire forajido!
Sé la viuda de radiante cuello
si no temes al niño armónico
muerto en mí mucho antes que el hacha me decapite.
Venerable muchacho coronado de lilas
inclínate en mi cama, deja que mi rabo alcance
a restallar en tu broncínea mejilla. Escucha relatarte
a tu amante el asesino su gesta en mil destellos.
Canta que tenía tu cuerpo y tu rostro,
tu corazón que no abrirían las espuelas
de un macizo caballero. ¡Tener tus redondas rodillas!
Tu cuello fresco, tu mano suave, ¡ay chaval, tener tus años!
Traducción Leo Castillo
El diario de un ladrónHacia lo que se denomina el mal, por amor, corrí una aventura que me condujo a la cárcel. (…) Los juegos eróticos descubren un mundo innominable que es revelado por el lenguaje nocturno de los amantes. Semejante lenguaje no se escribe. Se susurra, de noche, al oído, con voz ronca. Al amanecer, se olvida. Negando las virtudes de vuestro mundo, los criminales aceptan, desesperadamente, organizar un universo prohibido. Aceptan vivir en él. Su atmósfera es nauseabunda: saben respirarla. Pero ─ los criminales están lejos de vosotros ─ como en el amor, se separan y me separan del mundo y de sus leyes. El suyo huele a sudor, a semen y a sangre. Ofrece, en fin, la abnegación a mi alma sedienta y a mi cuerpo. Porque posee estas condiciones de erotismo es por lo que me encarnicé en el mal. Mi aventura, en ningún momento impuesta por la rebeldía ni por la reivindicación, no será, hasta este día, más que un prolongado apareamiento, recargado, complicado con un pesado ceremonial erótico (ceremonias figurativas que llevan a presidio y lo anuncian). Si es la sanción y, para mí, también la justificación del crimen más inmundo, será el signo del más extremo envilecimiento. Este punto definitivo al que conduce la reprobación de los hombres apareciósele como el lugar ideal de la más pura armonía amorosa, es decir, la más turbia, donde se celebran ilustres bodas de ceniza. (…) Ofrecía pues, a los presidiarios, mi ternura, quise llamarlos con nombres encantadores, designar sus crímenes, por pudor, con la más sutil metáfora (bajo cuyo velo no habría ignorado la suntuosa musculatura del asesino, la violencia de su sexo). (…) Y cada flor me produce una tristeza tan solemne que todas deben significar la pesadumbre, la muerte. Busqué, pues, el amor en función del presidio. Cada una de mis pasiones me hizo esperarlo, entreverlo; me ofrece criminales, me ofrece a ellos o me invita al crimen. (…) Los más hermosos son los que se ven adornados con mi ternura, aunque no olvido a los contrahechos, a los descoyuntados.
Ha sido necesario, me digo, que el crimen vacile mucho tiempo antes de conseguir el perfecto éxito que son Pilorgue o Ange Soleil. Para rematarlos (¡la palabra es cruel!) fue necesario el concurso de coincidencias numerosas: a la belleza de su rostro, a la fuerza y elegancia de su cuerpo debían sumarse su gusto por el crimen, las circunstancias que hacen al criminal, el valor moral capaz de aceptar un destino tal, el castigo, en fin, la crueldad de éste, la cualidad intrínseca que permite al criminal resplandecer en él, todo esto dominado por oscuras regiones. El héroe combate contra la noche y la vence, pero conserva algunos jirones de ella. La misma vacilación, la misma cristalización de dichas preside el éxito de un policía puro. A ambos los amo. Pero si amo su crimen es por lo que conlleva de castigo, “de pena” (pues no puedo suponer que no la han entrevisto). Uno de ellos, el antiguo boxeador Ledoux, contestó, sonriendo, a los inspectores: “Antes de cometerlos es cuando habría podido lamentar mis crímenes”) en la cual quiero acompañarlos para que, de todas maneras, se vean colmados mis amores.
En este diario no quiero camuflar las demás razones que me hicieron ladrón, siendo la más simple la necesidad de comer; sin embargo, en mi elección no intervinieron jamás la rebeldía, la amargura, la cólera ni ningún otro sentimiento parecido. Con un cuidado maníaco, “un cuidado celosos”, preparé mi aventura como se prepara un lecho, una habitación para el amor: el crimen me ha encelado.
LLAMO VIOLENCIA a una audacia en reposo enamorada de los peligros. Se la distingue en una mirada, una forma de caminar, una sonrisa, y es en vosotros en quienes produce oleajes. Os desconcierta. Esta violencia es una calma que os agita. A veces se habla de “un tío con facha”. Los rasgos delicados de Pilorgue eran de una violencia extremada. Su delicadeza era más que nada violenta. Violencia del dibujo de la mano única de Stilitano, inmóvil, sencillamente apoyada en la mesa, que volvía inquietante y peligrosos el reposo. He trabajado con ladrones y rufianes cuya autoridad me arrastraba, pero pocos se mostraron verdaderamente audaces cuando el que más lo fue ─ Guy ─ carecía de violencia. Stilitano, Pilorgue, Michaelis eran cobardes. Y Java. Emanaba de ellos, aún en reposo, inmóviles y sonrientes, por los ojos, por las narices, la boca, el hueco de la mano, la bragueta henchida, por el brutal montículo de la pantorrilla bajo la sábana o la tela, una cólera radiante y sombría, visible en forma de vaho.
Pero casi siempre, nada la pone de manifiesto sino la ausencia de signos habituales. El rostro de René es encantador al principio. La curva cóncava de la nariz le da un aspecto travieso, pero la palidez plomiza de la cara es inquietante. Los ojos son duros, los gestos calmosos y seguros. En los meaderos golpea tranquilamente a los maricas, los cachea, los desvalija; a veces, como golpe de gracia, les da con el tacón en la jeta. No me gusta, pero su calma me subyuga. Actúa, en la más turbadora oscuridad, al lado de los meaderos del césped, de los bosquecillos, bajo los árboles de los Campos Elíseos, junto a las estaciones, en la puerta Maillot, en el Bosque de Bolonia (siempre de noche) con una seriedad desprovista de romanticismo. Cuando vuelve, a la dos o a las tres de la mañana, lo noto aprovisionado de aventuras. Cada parte de su cuerpo, participó en ellas: sus brazos, sus piernas, su nuca. Pero él, ignorante de estas maravillas, me las cuenta en lenguaje concreto. Va sacando del bolsillo las sortijas, las alianzas, los relojes, botín de la noche. Los mete en un vaso grande que pronto estará lleno. No le extrañan ni los maricas ni sus costumbres: éstas no existen sino para facilitarle los golpes.
(…) Ahora que estoy escribiendo, pienso en mis amantes. Querría verlos embadurnados con mi vaselina, con esta suave materia, un poco mentolada. Querría que sus músculos estuvieran inmersos en esta delicada transparencia sin la cual sus más caros atributos son menos hermosos.
Cuando se pierde un miembro, me dicen, el que queda se hace más fuerte. Esperaba yo que el vigor de su brazo cortado se hubiera acumulado en el sexo de Stilitano. Imaginé durante largo tiempo un miembro sólido, aporreador, capaz de la peor de las desfachateces, aunque al principio me intrigase lo que de él me permitía conocer Stilitano: el pliegue único, pero curiosamente preciso, sobre la pierna izquierda de su pantalón de tela azul. Quizá este detalle hubiera obsesionado menos mi imaginación si a cada momento Stilitano no se hubiera llevado la mano izquierda ahí, y si no hubiera pellizcado delicadamente, con las uñas, el tejido, igual que las señoras cuando hacen una reverencia, marcando el plegue. No creo que perdiera nunca la sangre fría, pero frente a mí estaba especialmente tranquilo. Con ligera sonrisa impertinente, pero con negligencia, miraba cómo le adoraba yo. Sé que me amará.
Antes de que franquera, con la cesta en la mano, la puerta de nuestro hotel, yo estaba tan conmovido que besé a Salvador en la calle, pero él me apartó:
─ ¡Estás loco! ¡Van a tomarnos por mariconas!1
Hablaba bastante bien el francés, que había aprendido en el campo, en Parpiñán, adonde iba a vendimiar. Ofendido, me aparté de él. Tenía la cara violeta, del color de los repollos que se recogen en invierno. Salvador no sonrió. Estaba escandalizado. “ No merecía la pena ─ debió de pensar ─ que me levantara tan temprano para mendigar por la nieve. Jean no sabe comportarse.” Tenía el pelo hirsuto y mojado. Tras la vidriera había rostros que nos contemplaban, pues el bajo del hotel estaba ocupado por la gran sala de un café que daba a la calle, y que había que atravesar para subir a las habitaciones. Salvador se limpió la cara con la mano y entró. Yo vacilé. Entré a mi vez. Tenía veinte años. Puesto que posee la limpidez de una lágrima, ¿por qué no iba yo a beberme con el mismo fervor la gota que oscila en el borde de la nariz? Ya estaba lo bastante entrenado en rehabilitar lo innoble para hacerlo. Si no hubiera temido indignar a Salvador lo habría hecho en el café. Él, sin embargo, sorbió, y adiviné que se tragaba los mocos. Con la cesta al brazo, por entre los mendigos y los maleantes, se dirigió hacia la cocina. Iba delante de mí.
─ ¿Qué te pasa? ─ dije.
─ Te estás haciendo notar.
─ Y ¿qué hay de malo en ello?
─ No hay que besarse así, en la calle. Esta noche, si quieres…
Dijo todo con una mueca sin gracia y el mismo desdén. Yo sólo había querido testimoniarle mi gratitud, reconfortarlo con mi pobre ternura.
─ Pero, ¿qué te has creído?
Alguien lo empujó sin pedir perdón y me separó de él. No lo seguí hasta la cocina. Me acerqué a un banco donde había un sitio libre cerca de la estufa. Poco me preocupaba saber cómo, aunque loco por la belleza vigorosa, podría enamorarme de este mendigo piojoso y feo, maltratado por los menos osados, prendarme de sus nalgas angulosas… ¿y si, por desgracia, tuviera un sexo magnífico?
(…) No formábamos bandas peor o mejor organizadas, pero en aquel gran desorden sucio, en el centro de un barrio que apestaba a aceite, a orina y a mierda, algunos hombres perdidos se ponían en manos de otro de otro más hábil. Tanta miseria centelleaba con la juventud de muchos de nosotros, y con ese brillo más misterioso de algunos que relumbraban de verdad, chavales cuyo cuerpo, mirada y gestos están cargados de un magnetismo que nos convierten en objetos suyos. Y de este modo fui fulminado por uno de ellos. Para hablar mejor de Stilitano, el manco, esperaré algunas páginas. Sépase ante todo que no lo adornaba ninguna virtud cristiana. Todo su fulgor, su poderío le dimanaban de entre las piernas. Su verga, y lo que la completa, todo el aparato era tan hermoso que no puedo llamarlo más que un órgano generador. Estaba muerto, creíais, pues se alteraba raramente, y lentamente: velaba. Elaboraba en la noche de una bragueta bien abotonada, aun cuando lo fuese por una sola mano, esa luminosidad en la que resplandecerá su portador.
Mis amores con Salvador duraron seis meses. No fueron los más embriagadores pero sí los más fecundos. Había logrado amar el cuerpo enclenque, el rostro gris, la barba rala y ridículamente dispuesta. Salvador miraba por mí, pero por la noche, a la luz de una vela, buscaba yo en las costuras de su pantalón los piojos, nuestros familiares. Los piojos eran nuestros inquilinos. Daban a nuestra ropa una animación, una presencia que, al desaparecer, la dejaban como muerta. Nos gustaba saber ─ y sentir ─ pulular a los bichos traslúcidos que, sin estar domesticados, eran tan nuestros que el piojo de otro que no fuéramos nosotros dos nos daba asco. Nos los quitábamos, pero con la esperanza de que, en el día, las liendres se hubieran abierto. Con nuestras uñas los aplastábamos sin asco y sin odio. No tirábamos el cadáver ─ o despojo ─ al vertedero, lo dejábamos caer, sangriento de nuestra sangre, en nuestra desaliñada ropa interior. (…) Habiendo llegado a ser tan útiles para el conocimiento de nuestra insignificancia como las joyas para el conocimiento de eso que se llama triunfo, los piojos eran valiosos. Eran a un tiempo nuestra vergüenza y nuestra honra. He vivido mucho tiempo en una habitación sin más ventanas que un montante que daba al corredor, en la que, por la noche, cinco caritas, sonrientes o crispadas por el anquilosamiento de una postura incómoda, empapadas de sudor, buscaban a esos insectos de cuya virtud participábamos. Estaba bien que yo fuese el amante del más pobre y del más feo en el fondo de tanta miseria.
(…) Que los mendigos cultiven las llagas es también, para ellos, el medio de conseguir algo de dinero ─ lo justo para vivir ─ pero si a ello los condujo una apatía dentro de la miseria, el orgullo que se necesario para mantenerse por fuera del desprecio, lo despanzurra. Adentrándose más en la abyección, el orgullo será más fuerte (si ese mendigo soy yo mismo) cuando posea la ciencia ─ fuerza o flaqueza ─ de aprovecharme de un destino tal. Es preciso, a medida que esta lepra me va ganando, que la gane yo a ella y que yo gane. Así pues, ¿me iré haciendo cada vez más innoble, cada vez más objeto de asco, hasta el punto final que es aún no sé qué pero que debe ser recogido por una búsqueda estética tanto como moral? La lepra, a la que comparo nuestro estado, provocará, dicen, una irritación de los sentidos; el enfermo se rasca: se encela. En el erotismo solitario la lepra se consuela y canta su dolor. La miseria se encumbraba. Paseábamos por España una magnificencia secreta, sin arrogancia. Nuestros gestos eran cada vez más humildes, cada vez más apagados, a medida que era más intensa la brasa de humildad que nos hacía vivir. Así se desarrollaba mi talento al dar un sentido sublime a tan pobre apariencia. (No hablo aún de talento literario.) Ello me habrá sido una disciplina muy útil, que me permite todavía sonreír tiernamente a los más humildes entre los detritos, ya sean humanos o materiales, y hasta las vomitadoras, hasta la saliva que dejo corre sobre el rostro de mi madre, hasta a vuestros excrementos. Conservaré dentro de mí mismo la idea de mí mismo mendigando.
Me quise semejante a esa mujer que, ocultándose de la gente, conservó en su casa a su hija, una especie de monstruo horrendo, deforme, que gruñía y andaba a cuatro patas, estúpido y blanco. Al dar a luz, su desesperación fue tal, sin duda, que se convirtió en la esencia misma de su vida. Decidió amar a ese monstruo, amar la fealdad salida de su vientre, en el que se había elaborado, y erigirla devotamente. Fue dentro de sí misma donde dispuso un altar en que conservaba la idea del monstruo. Con cuidados piadosos, manos suaves a pesar de los callos de las faenas cotidianas, con el encarnizamiento voluntarioso de los desesperados, se opuso al mundo, opuso al mundo el monstruo que adquirió las proporciones del mundo y de su potencia. A partir del monstruo se fueron ordenando nuevos principios, combatidos sin tregua por las fuerzas del mundo, que venían a chocar con ella pero se paraban en las paredes de su morada, donde estaba encerrada su hija.2
Pero, como había que robar a veces, conocíamos también las bellezas claras, terrestres, de la audacia. Antes de dormirnos, el jefe, el jinete, nos daba consejos. Con documentación falsa, por ejemplo, íbamos a diferentes consulados a fin de ser repatriados. El cónsul, enternecido o aburrido por nuestras lamentaciones y nuestra miseria, nuestra mugre, nos daba un billete de ferrocarril para un puesto fronterizo. Nuestro jefe lo revendía en la estación de Barcelona. Nos indicaba también los robos que se podían cometer también en las iglesias ─ a lo que no se atrevían los españoles ─ o en los chalés elegantes: era, en fin, él mismo quien nos llevaba a los marineros ingleses u holandeses a quienes nos debíamos prostituir por unas cuantas pesetas.
Así robábamos a veces y cada robo nos daba un respiro momentáneo. Una vela de armas precede a cada expedición nocturna. El nerviosismo provocado por el miedo, por la angustia, a veces, facilita un estado vecino de las disposiciones religiosas. Tengo, entonces, tendencia a interpretar el menor accidente. Las cosas se convierten en señal de suerte. Quiero encantar a las potencias desconocidas de las que me parece depender el éxito de la aventura. Ahora bien, intento encantarlas por medio de actos morales, por medio de la caridad en primer lugar: doy más y mejor a los mendigos, cedo mi asiento a los ancianos, les cedo el paso, ayudo a los ciegos a cruzar las calles, etcétera. Así es como si reconociera que el robo es presidido por un dios a quien agradan las acciones morales. Estas tentativas para lanzar una red azarosa en la que se deja capturar el dios del que no sé nada me agotan, me sacan de quicio, favorecen más eses estado religioso. Comunican al acto de robar la gravedad de un acto ritual. Este se llevará a cabo verdaderamente en el corazón de las tinieblas, a las cuales se añade el que tenga lugar de preferencia de noche, mientras la gente duerme, en un lugar cerrado, y estando quizá uno mismo enmascarado de negro. El hecho de andar de puntillas, el silencio, la invisibilidad que necesitamos incluso en pleno día, las manos a tientas que organizan en la sombra gestos de una complicación, de una precaución insólita ─ girar la simple empuñadura de una puerta necesita una multitud de movimientos, cada uno de los cuales tiene el destello de la faceta de una joya ─ (al descubrir el oro me parece que lo he des; los negros me rodean; con sus lanzas envenenadas amenazan mi cuerpo indefenso, pero, como la virtud del oro actúa, un gran vigor me derriba o me exalta, las lanzas se bajan, los negros me reconocen y soy de la tribu), la prudencia, la voz susurrada, el oído atento, la presencia invisible y nerviosa del cómplice y la comprensión de su menor seña, todo nos recoge en nosotros mismos, nos apiña, hace de nosotros una bola de presencia que tan bien describen las palabras de Guy:
─ “Se siente uno vivir.”
Cuatro horas en Sabra y Chatila
Para mí, como para el resto de la población que quedaba, deambular por Chatila y Sabra se parecía al juego de la pídola. Un niño muerto puede a veces bloquearuna calle, son tan estrechas, tan angostas,y los muertos tan cuantiosos. Su olor es sin duda familiar a los ancianos: a mí
no me incomodaba. Pero cuántas moscas. Si levantaba
el pañuelo o el periódico árabe puesto sobre
una cabeza, las molestaba. Enfurecidas por mi gesto,
venían en enjambre al dorso de mi mano y trataban
de alimentarse ahí. El primer cadáver que vi era el de
un hombre de unos cincuenta o sesenta años.
Habría tenido una corona de cabellos blancos si una
herida (un hachazo, me pareció) no le hubiera abierto
el cráneo. Una parte ennegrecida del cerebro estaba
en el suelo, junto a la cabeza. Todo el cuerpo estaba
tumbado sobre un charco de sangre, negro y coagulado.
El cinturón estaba desabrochado, el pantalón
se sujetaba por un solo botón. Las piernas y los
pies del muerto estaban desnudos, negros, violetas y
malvas: ¿quizá fue sorprendido por la noche o a la
aurora?, ¿huía? Estaba tumbado en una callejuela
inmediatamente a la derecha de la entrada del campamento
de Chatila que está frente a la embajada de
Kuwait. ¿Cómo los israelíes, soldados y oficiales,
pretenden no haber oído nada, no haberse dado
cuenta de nada si ocupaban este edificio desde el
miércoles por la mañana? ¿Es que se masacró en
Chatila entre susurros o en silencio total?
Las fotografías no captan las moscas ni el olor
blanco y espeso de la muerte. Tampoco dicen los saltos
que hay que dar cuando se va de un cadáver a otro.
Si miramos atentamente un muerto, sucede un
fenómeno curioso: la ausencia de vida en un cuerpo
equivale a la ausencia total del cuerpo o más bien a
su huida ininterrumpida. Aunque nos acerquemos,
creemos que no lo tocaremos nunca. Eso si lo contemplamos.
Pero si hacemos un gesto en su dirección,
nos agachamos junto a él, le movemos un
brazo, un dedo, de repente se vuelve presente e incluso amigo.
(...)El cuerpo de un hombre de treinta a treinta
y cinco años estaba tumbado boca abajo. Como
si todo el cuerpo no fuese más que una vejiga con
forma humana, se había hinchado bajo el sol y por
la química de la descomposición hasta inflar el pantalón,
que amenazaba con estallar en las nalgas y en
los muslos. La única parte de su rostro que pude ver
era violeta y negra. Un poco más arriba de la rodilla,
bajo la tela desgarrada, el muslo mostraba un
tajo. Origen del tajo: ¿una bayoneta, un cuchillo, un
puñal? Unas moscas en la herida y otras alrededor.
La cabeza, más grande que una sandía —una sandía
negra. Pregunté su nombre, era musulmán.
—¿Quién es?
—Palestino —me respondió en francés un hombre
de unos cuarenta años—. Vea lo que le han hecho.
Tiró de la manta que cubría los pies y una parte
de las piernas. Las pantorrillas estaban desnudas,
negras e hinchadas. Los pies, calzados con botines
negros desatados, y los tobillos atados fuertemente
con el nudo de una soga —visiblemente resistente—
de aproximadamente tres metros de largo, que
yo colocaba para que la señora S. (americana) pudiese
fotografiar con precisión. Pregunté al hombre de
cuarenta años si podía ver la cara.
—Si quiere véalo, pero usted mismo.
—¿Quiere ayudarme a girarle la cabeza?
—No.
—¿Lo han arrastrado por las calles con esta cuerda?
—No lo sé, señor.
—¿Quién lo ha atado?
—No lo sé.
—¿La gente del comandante Haddad?1
— No lo sé.
—¿Los israelíes?
—No lo sé.
—¿Los kataeb?2
—No lo sé.
—¿Lo conocías?
—Sí.
—¿Lo has visto morir?
—Sí.
—¿Quién lo ha matado?—No lo sé.
(...)Anoto esto ahora, en este punto de mi narración,
sin saber del todo por qué: “Los franceses tienen la
costumbre de emplear la sosa expresión ‘trabajo
sucio’, pues bien, igual que el ejército israelí ha
encargado ‘el trabajo sucio’ a los kataeb, o a la gente
de Haddad, los laboristas han hecho rematar ‘el trabajo
sucio’ al Likud, Begin, Sharon, Shamir”3. Cito
a R., periodista palestino, todavía en Beirut, el
domingo 19 de septiembre.
En medio, cerca de ellas, de todas las víctimas
torturadas, mi espíritu no puede deshacerse de esta
“visión invisible”: ¿cómo era el torturador? ¿quién
era? Lo veo y no lo veo. Me arranca los ojos y su
forma será para siempre la que dibujan las poses,
posturas, gestos grotescos de unos muertos devorados
al sol por nubes de moscas.
Al irse tan rápido (¡los italianos, llegados en
barco con dos días de retraso, salieron en aviones
Hércules!), los marines americanos, los paracas franceses
y los bersaglieri italianos que constituían la
fuerza de interposición de Líbano, un día o treinta y
seis horas antes de su partida oficial, como si huyeran,
en la víspera del asesinato de Bechir Gemayel,
¿se equivocan acaso los palestinos al preguntarse si
americanos, franceses e italianos habían sido advertidos
de que hacía falta largarse para no verse involucrados
en la explosión de los kataeb?4
—Se han ido muy rápido y muy pronto. Israel se
jacta y presume de su eficacia en el combate, de la
preparación de sus compromisos, de su habilidad
para aprovechar las circunstancias. Veamos: la OLP
deja Beirut gloriosamente, en un navío griego, con
una escolta naval. Be c h i r, escondiéndose como
puede, visita a Begin en Israel. La intervención de
los tres ejércitos (americano, francés, italiano) cesa el
lunes. El martes Bechir es asesinado. El [ejército
israelí] Tsahal entra en Beirut Oeste el miércoles por
la mañana. Como viniendo del puerto, los soldados
israelíes suben hacia Beirut la mañana del entierro
de Bechir. Desde el octavo piso de mi casa, con unos
gemelos, los vi llegar en fila india: una sola fila. Me
extrañé de que no pasase nada puesto que un buen
fusil de mira telescópica debería haberlos abatido a
todos. Su ferocidad los precedía.
Los carros tras ellos. Después los jeeps.
Cansados de una tan larga marcha matutina, se
pararon cerca de la embajada de Francia, dejando
que los tanques los precedieran, entrando de lleno
en Hamra9. Los soldados espaciados de diez en diez
metros, se sentaron en la acera, el fusil apuntado al
frente, la espalda apoyada en la pared de la embajada.
El torso muy grande, me parecían boas que
tuviesen dos piernas extendidas ante ellos.
“Israel se había comprometido ante el representante
americano, Habib10, a no poner los pies en
Beirut Oeste y sobre todo a respetar las poblaciones
palestinas de los campamentos de refugiados. Arafat
tiene todavía la carta en la que Reagan le promete lo
mismo. Habib habría prometido a Arafat la liberación
de nueve mil presos en Israel. El jueves empiezan
las matanzas de Chatila y Sabra. ¡El “baño de
sangre” que Israel pretendía evitar aportando orden
a los campamentos !”... me dice un escritor libanés.
“Será muy fácil para Israel librarse de todas las
acusaciones. Ya los corresponsales de todos los periódicos
europeos se ocupan de excusarlos: ninguno
dirá que durante las noches del jueves al viernes ydel viernes al sábado se hablaba hebreo en Chatila.”
sin saber del todo por qué: “Los franceses tienen la
costumbre de emplear la sosa expresión ‘trabajo
sucio’, pues bien, igual que el ejército israelí ha
encargado ‘el trabajo sucio’ a los kataeb, o a la gente
de Haddad, los laboristas han hecho rematar ‘el trabajo
sucio’ al Likud, Begin, Sharon, Shamir”3. Cito
a R., periodista palestino, todavía en Beirut, el
domingo 19 de septiembre.
En medio, cerca de ellas, de todas las víctimas
torturadas, mi espíritu no puede deshacerse de esta
“visión invisible”: ¿cómo era el torturador? ¿quién
era? Lo veo y no lo veo. Me arranca los ojos y su
forma será para siempre la que dibujan las poses,
posturas, gestos grotescos de unos muertos devorados
al sol por nubes de moscas.
Al irse tan rápido (¡los italianos, llegados en
barco con dos días de retraso, salieron en aviones
Hércules!), los marines americanos, los paracas franceses
y los bersaglieri italianos que constituían la
fuerza de interposición de Líbano, un día o treinta y
seis horas antes de su partida oficial, como si huyeran,
en la víspera del asesinato de Bechir Gemayel,
¿se equivocan acaso los palestinos al preguntarse si
americanos, franceses e italianos habían sido advertidos
de que hacía falta largarse para no verse involucrados
en la explosión de los kataeb?4
—Se han ido muy rápido y muy pronto. Israel se
jacta y presume de su eficacia en el combate, de la
preparación de sus compromisos, de su habilidad
para aprovechar las circunstancias. Veamos: la OLP
deja Beirut gloriosamente, en un navío griego, con
una escolta naval. Be c h i r, escondiéndose como
puede, visita a Begin en Israel. La intervención de
los tres ejércitos (americano, francés, italiano) cesa el
lunes. El martes Bechir es asesinado. El [ejército
israelí] Tsahal entra en Beirut Oeste el miércoles por
la mañana. Como viniendo del puerto, los soldados
israelíes suben hacia Beirut la mañana del entierro
de Bechir. Desde el octavo piso de mi casa, con unos
gemelos, los vi llegar en fila india: una sola fila. Me
extrañé de que no pasase nada puesto que un buen
fusil de mira telescópica debería haberlos abatido a
todos. Su ferocidad los precedía.
Los carros tras ellos. Después los jeeps.
Cansados de una tan larga marcha matutina, se
pararon cerca de la embajada de Francia, dejando
que los tanques los precedieran, entrando de lleno
en Hamra9. Los soldados espaciados de diez en diez
metros, se sentaron en la acera, el fusil apuntado al
frente, la espalda apoyada en la pared de la embajada.
El torso muy grande, me parecían boas que
tuviesen dos piernas extendidas ante ellos.
“Israel se había comprometido ante el representante
americano, Habib10, a no poner los pies en
Beirut Oeste y sobre todo a respetar las poblaciones
palestinas de los campamentos de refugiados. Arafat
tiene todavía la carta en la que Reagan le promete lo
mismo. Habib habría prometido a Arafat la liberación
de nueve mil presos en Israel. El jueves empiezan
las matanzas de Chatila y Sabra. ¡El “baño de
sangre” que Israel pretendía evitar aportando orden
a los campamentos !”... me dice un escritor libanés.
“Será muy fácil para Israel librarse de todas las
acusaciones. Ya los corresponsales de todos los periódicos
europeos se ocupan de excusarlos: ninguno
dirá que durante las noches del jueves al viernes ydel viernes al sábado se hablaba hebreo en Chatila.”
(...)La mujer palestina —puesto que yo no podía
salir de Chatila sin ir de un cadáver a otro y este
juego de la oca conduciría fatalmente a este prodigio:
Chatila y Sabra arrasadas por la batalla de las
inmobiliarias con el fin de reconstruir sobre este llanísimo
cementerio— la mujer palestina probablemente
era mayor, puesto que tenía el pelo gris.
Estaba tumbada de espaldas, depositada o dejada
sobre sillares, ladrillos, barras de hierro torcidas, sin
confort. Antes de nada me sorprendí por una extraña
trenza de cuerda y tela que iba de una muñeca a
la otra, manteniendo así los dos brazos abiertos en
horizontal, crucificados. La cara negra e hinchada,
levantada hacia el cielo, mostraba una boca abierta,
negra de moscas, con dientes que me resultaron
muy blancos, una cara que parecía, sin que un músculo
se moviese, o bien hacer muecas o bien sonreír
o proferir un alarido silencioso e ininterrumpido.
Sus medias eran de lana negra; el vestido de flores
rosas y grises, ligeramente remangado o demasiado
corto, no lo sé, dejaba ver lo alto de las pantorrillas
negras e hinchadas, siempre con delicados tintes
semejantes al malva y al violeta de las mejillas. ¿Eran
hematomas o el efecto natural de la putrefacción al sol?
—¿Le han pegado con la culata?
—Mire, señor, mire sus manos.
No me había fijado. Los dedos de las dos manos
estaban desplegados en abanico y los diez estaban cortados
con una cizalla de jardinero. Los soldados, riendo
como niños y cantando alegremente, se habían
divertido descubriendo esta cizalla y utilizándola.
—Mire, señor.
Las puntas de los dedos, las falanges con la uña,
yacían en el polvo. El hombre joven que me mostraba,
con naturalidad, sin ningún énfasis, el supli-
cio de los muertos, recubrió tranquilamente con
una tela la cara y las manos de la mujer palestina, ycon un cartón rugoso sus pierna(...)
salir de Chatila sin ir de un cadáver a otro y este
juego de la oca conduciría fatalmente a este prodigio:
Chatila y Sabra arrasadas por la batalla de las
inmobiliarias con el fin de reconstruir sobre este llanísimo
cementerio— la mujer palestina probablemente
era mayor, puesto que tenía el pelo gris.
Estaba tumbada de espaldas, depositada o dejada
sobre sillares, ladrillos, barras de hierro torcidas, sin
confort. Antes de nada me sorprendí por una extraña
trenza de cuerda y tela que iba de una muñeca a
la otra, manteniendo así los dos brazos abiertos en
horizontal, crucificados. La cara negra e hinchada,
levantada hacia el cielo, mostraba una boca abierta,
negra de moscas, con dientes que me resultaron
muy blancos, una cara que parecía, sin que un músculo
se moviese, o bien hacer muecas o bien sonreír
o proferir un alarido silencioso e ininterrumpido.
Sus medias eran de lana negra; el vestido de flores
rosas y grises, ligeramente remangado o demasiado
corto, no lo sé, dejaba ver lo alto de las pantorrillas
negras e hinchadas, siempre con delicados tintes
semejantes al malva y al violeta de las mejillas. ¿Eran
hematomas o el efecto natural de la putrefacción al sol?
—¿Le han pegado con la culata?
—Mire, señor, mire sus manos.
No me había fijado. Los dedos de las dos manos
estaban desplegados en abanico y los diez estaban cortados
con una cizalla de jardinero. Los soldados, riendo
como niños y cantando alegremente, se habían
divertido descubriendo esta cizalla y utilizándola.
—Mire, señor.
Las puntas de los dedos, las falanges con la uña,
yacían en el polvo. El hombre joven que me mostraba,
con naturalidad, sin ningún énfasis, el supli-
cio de los muertos, recubrió tranquilamente con
una tela la cara y las manos de la mujer palestina, ycon un cartón rugoso sus pierna(...)
—¿Adónde vas?
—A buscar ayuda. Soy el enterrador. Han bombardeado
el cementerio. Todos los huesos de los
muertos están al descubierto. Hay que ayudarme a
recoger los huesos.
Esta amiga creo que es cristiana. También me dijo:
“Cuando la bomba de vacío —llamada de implosión—
mató a doscientas cincuenta personas, nosotros
sólo teníamos una caja. Los hombres cavaron
una fosa común en el cementerio de la iglesia ortodoxa.
Llenábamos la caja e íbamos a vaciarla. Íbamos
y veníamos bajo las bombas, retirando los
miembros y cuerpos como podíamos”.
Desde hacía tres meses las manos tenían una
doble función: por el día, coger y tocar, por la
noche, ver. Los apagones obligaban a esta educación
de ciego, igual que a la escalada bi o tridiaria del
acantilado de mármol blanco, los ocho pisos de la
escalera. Tuvimos que rellenar de agua todos los
recipientes de la casa. El teléfono fue cortado cuando
los soldados israelíes y las inscripciones hebraicas
entraron en Beirut Oeste. Igualmente lo fueron las
carreteras. Los carros [israelíes] Merkaba, siempre en
movimiento, vigilaban toda la ciudad a la vez que
adivinábamos el espanto de los ocupantes por no
convertirse en blancos fijos. Sin duda temían la actividad
de los morabitun11 y de los fedayines que habían
podido quedarse en Beirut Oeste.
Al día siguiente de la ocupación israelí estábamos
prisioneros, pero me pareció que los invasores eran
más despreciados que temidos, causaban más desagrado
que miedo. Ningún soldado reía o sonreía.
El tiempo aquí no era para tirar arroz ni flores.
Desde que las carreteras estaban cortadas, los
teléfonos mudos, privado de comunicación con el
resto del mundo, por primera vez en la vida me sentípalestino y odié a Israel.
—A buscar ayuda. Soy el enterrador. Han bombardeado
el cementerio. Todos los huesos de los
muertos están al descubierto. Hay que ayudarme a
recoger los huesos.
Esta amiga creo que es cristiana. También me dijo:
“Cuando la bomba de vacío —llamada de implosión—
mató a doscientas cincuenta personas, nosotros
sólo teníamos una caja. Los hombres cavaron
una fosa común en el cementerio de la iglesia ortodoxa.
Llenábamos la caja e íbamos a vaciarla. Íbamos
y veníamos bajo las bombas, retirando los
miembros y cuerpos como podíamos”.
Desde hacía tres meses las manos tenían una
doble función: por el día, coger y tocar, por la
noche, ver. Los apagones obligaban a esta educación
de ciego, igual que a la escalada bi o tridiaria del
acantilado de mármol blanco, los ocho pisos de la
escalera. Tuvimos que rellenar de agua todos los
recipientes de la casa. El teléfono fue cortado cuando
los soldados israelíes y las inscripciones hebraicas
entraron en Beirut Oeste. Igualmente lo fueron las
carreteras. Los carros [israelíes] Merkaba, siempre en
movimiento, vigilaban toda la ciudad a la vez que
adivinábamos el espanto de los ocupantes por no
convertirse en blancos fijos. Sin duda temían la actividad
de los morabitun11 y de los fedayines que habían
podido quedarse en Beirut Oeste.
Al día siguiente de la ocupación israelí estábamos
prisioneros, pero me pareció que los invasores eran
más despreciados que temidos, causaban más desagrado
que miedo. Ningún soldado reía o sonreía.
El tiempo aquí no era para tirar arroz ni flores.
Desde que las carreteras estaban cortadas, los
teléfonos mudos, privado de comunicación con el
resto del mundo, por primera vez en la vida me sentípalestino y odié a Israel.
(...)En el inmueble que habito todos tenemos radio.
Escuchamos Radio Kataeb, Radio Mo r a b i t u n ,
Radio Ammán, Radio Jerusalén (en francés), Radio
Líbano. Sin duda, todos hacemos lo mismo.
“Estamos unidos a Israel por numerosas vías: nos
traen bombas, carros, soldados, frutas y legumbres,
y se llevan a Palestina a nuestros soldados, a nuestros
hijos... en un continuo vaivén que no cesa, como
dicen ellos, estamos unidos desde Abraham, en sudescendencia,
Escuchamos Radio Kataeb, Radio Mo r a b i t u n ,
Radio Ammán, Radio Jerusalén (en francés), Radio
Líbano. Sin duda, todos hacemos lo mismo.
“Estamos unidos a Israel por numerosas vías: nos
traen bombas, carros, soldados, frutas y legumbres,
y se llevan a Palestina a nuestros soldados, a nuestros
hijos... en un continuo vaivén que no cesa, como
dicen ellos, estamos unidos desde Abraham, en sudescendencia,
en su lengua, en un mismo origen...”
(...)Más aún que los hombres,
más aún que los fedayines en combate,
las mujeres palestinas parecían suficientemente fuertes
como para mantener la resistencia y aceptar las
novedades de una revolución. Ya habían desobedecido
a las costumbres: mirada directa aguantando la
mirada a los hombres, rehusaban el velo, cabellos
visibles y desnudos, voz sin fisuras. La más corta y
prosaica de sus conquistas era parte de un avance
seguro hacia un orden nuevo, por lo tanto desconocido
para ellas, pero donde presentían para ellas
mismas su liberación como un baño y para los hombres
como un orgullo luminoso. Estaban dispuestas
a convertirse a la vez en esposas y madres de héroes
como lo eran ya de sus hombres.
En los bosques de Ashlun, quizá los fedayines
soñaban con chicas, más bien cada uno dibujó sobre
sí mismo —o modeló con gestos— una chica pegada
a él, de ahí la gracia y la fuerza —entre divertidas
risas— de unos fedayines armados. No estábamos
sólo en las lindes de una pre-revolución, sino también
en las de una indistinta sensualidad. El rocío,
congelando cada gesto, le confería su dulzura.
Cada día durante un mes, siempre en Ashlun, veía
una mujer delgada pero fuerte, acuclillada a la fría
intemperie, acuclillada como los indios de los Andes,
o algunos negros africanos, los intocables de Tokio, o
los gitanos en un mercado, lista para partir en caso de
peligro, bajo los árboles, frente al puesto de guardia
—una sólida casa pequeña, construida rápidamente.
Descalza, con un vestido negro galoneado en las
mangas, esperaba. Su expresión era severa pero no de
cólera, agotada pero no cansada. El responsable del
comando preparaba una habitación casi vacía y después
le hacía una señal. Ella entraba en la habitación.
Cerraba la puerta sin llave. Luego salía, sin decir
nada, sin sonreír, y con los pies descalzos regresaba
directamente a Yeras y al campamento de Baqa12. En
la habitación reservada para ella en el puesto de guardia
supe que se quitaba las dos faldas negras, desataba
todas las cartas y sobres que estaban cosidos, hacía
un paquete y golpeaba suavemente la puerta. Entregaba
las cartas al responsable, salía, y se iba sin haber
dicho una palabra. Al día siguiente volvía.
Otras mujeres, mayores que ésta, se reían de
tener por hogar tres piedras ennegrecidas que llamaban:
“nuestra casa”. Con qué voz infantil me mostraban
las tres piedras, y a veces con las brasas encendidas,
me decían riendo: darna 5. Estas mujeres viejas
no eran parte ni de la revolución, ni de la resistencia
palestina: eran la alegría que ya no espera más.
las mujeres palestinas parecían suficientemente fuertes
como para mantener la resistencia y aceptar las
novedades de una revolución. Ya habían desobedecido
a las costumbres: mirada directa aguantando la
mirada a los hombres, rehusaban el velo, cabellos
visibles y desnudos, voz sin fisuras. La más corta y
prosaica de sus conquistas era parte de un avance
seguro hacia un orden nuevo, por lo tanto desconocido
para ellas, pero donde presentían para ellas
mismas su liberación como un baño y para los hombres
como un orgullo luminoso. Estaban dispuestas
a convertirse a la vez en esposas y madres de héroes
como lo eran ya de sus hombres.
En los bosques de Ashlun, quizá los fedayines
soñaban con chicas, más bien cada uno dibujó sobre
sí mismo —o modeló con gestos— una chica pegada
a él, de ahí la gracia y la fuerza —entre divertidas
risas— de unos fedayines armados. No estábamos
sólo en las lindes de una pre-revolución, sino también
en las de una indistinta sensualidad. El rocío,
congelando cada gesto, le confería su dulzura.
Cada día durante un mes, siempre en Ashlun, veía
una mujer delgada pero fuerte, acuclillada a la fría
intemperie, acuclillada como los indios de los Andes,
o algunos negros africanos, los intocables de Tokio, o
los gitanos en un mercado, lista para partir en caso de
peligro, bajo los árboles, frente al puesto de guardia
—una sólida casa pequeña, construida rápidamente.
Descalza, con un vestido negro galoneado en las
mangas, esperaba. Su expresión era severa pero no de
cólera, agotada pero no cansada. El responsable del
comando preparaba una habitación casi vacía y después
le hacía una señal. Ella entraba en la habitación.
Cerraba la puerta sin llave. Luego salía, sin decir
nada, sin sonreír, y con los pies descalzos regresaba
directamente a Yeras y al campamento de Baqa12. En
la habitación reservada para ella en el puesto de guardia
supe que se quitaba las dos faldas negras, desataba
todas las cartas y sobres que estaban cosidos, hacía
un paquete y golpeaba suavemente la puerta. Entregaba
las cartas al responsable, salía, y se iba sin haber
dicho una palabra. Al día siguiente volvía.
Otras mujeres, mayores que ésta, se reían de
tener por hogar tres piedras ennegrecidas que llamaban:
“nuestra casa”. Con qué voz infantil me mostraban
las tres piedras, y a veces con las brasas encendidas,
me decían riendo: darna 5. Estas mujeres viejas
no eran parte ni de la revolución, ni de la resistencia
palestina: eran la alegría que ya no espera más.
(...)No estaban nidebajo ni encima, en un espacio inquietante donde
el menor movimiento será un falso movimiento.
¿Era firme la tierra bajo los pies desnudos de estas
octogenarias actrices trágicas sublimemente elegantes?
Cada vez lo era menos. Cuando escaparon de
Hebrón bajo las amenazas israelíes6, la tierra aquí
parecía sólida, cada uno se aligeraba y se movía sensualmente
al son de la lengua árabe. Pasado el tiempo,
esta tierra experimentó lo siguiente: los palestinos
eran cada vez menos soportables, a la vez que
estos mismos palestinos, estos campesinos, descubrían
la movilidad, la marcha, la carrera, el juego de
las ideas redistribuidas casi a diario como naipes, las
armas, montadas, desmontadas, utilizadas. Cada
mujer, a su vez, toma la palabra. Ríen. Recojo la
frase de una de ellas:
—¡Héroes! Vaya broma. He parido y azotado a
cinco o seis que están en el yebel.7 Les he limpiado el
culo mil veces. Sé lo que valen y puedo parir a más.
En el cielo siempre azul el sol continúa su trayecto,
pero todavía hace calor. Estas actrices trágicas,
a la vez recuerdan e imaginan. Con el fin de ser
más expresivas, apuntan con el índice el final de
cada período y acentúan las consonantes enfáticas.
Si un soldado jordano pasase, estaría orgulloso: en el
ritmo de las frases encontraría el ritmo de las danzas
beduinas. Sin frases, un soldado israelí, si viese a
estas diosas, les dispararía sobre el cráneo una ráfaga de metralleta.
el menor movimiento será un falso movimiento.
¿Era firme la tierra bajo los pies desnudos de estas
octogenarias actrices trágicas sublimemente elegantes?
Cada vez lo era menos. Cuando escaparon de
Hebrón bajo las amenazas israelíes6, la tierra aquí
parecía sólida, cada uno se aligeraba y se movía sensualmente
al son de la lengua árabe. Pasado el tiempo,
esta tierra experimentó lo siguiente: los palestinos
eran cada vez menos soportables, a la vez que
estos mismos palestinos, estos campesinos, descubrían
la movilidad, la marcha, la carrera, el juego de
las ideas redistribuidas casi a diario como naipes, las
armas, montadas, desmontadas, utilizadas. Cada
mujer, a su vez, toma la palabra. Ríen. Recojo la
frase de una de ellas:
—¡Héroes! Vaya broma. He parido y azotado a
cinco o seis que están en el yebel.7 Les he limpiado el
culo mil veces. Sé lo que valen y puedo parir a más.
En el cielo siempre azul el sol continúa su trayecto,
pero todavía hace calor. Estas actrices trágicas,
a la vez recuerdan e imaginan. Con el fin de ser
más expresivas, apuntan con el índice el final de
cada período y acentúan las consonantes enfáticas.
Si un soldado jordano pasase, estaría orgulloso: en el
ritmo de las frases encontraría el ritmo de las danzas
beduinas. Sin frases, un soldado israelí, si viese a
estas diosas, les dispararía sobre el cráneo una ráfaga de metralleta.
* * *
(...)Aquí, en las ruinas de Chatila, ya no queda nada
Algunas mujeres ancianas, mudas, se esconden rápidamente
tras una puerta en la que hay un trapo
blanco clavado. Algunos fedayines muy jóvenes, a
algunos de los cuales reencontraré en Damasco.
La elección que hacemos de una comunidad concreta,
sin contar la nativa, se opera por la gracia de
una adhesión irracional, no es que la justicia no
intervenga, pero es que esta justicia y la defensa de
toda una comunidad se hace en virtud de una atracción
sentimental, incluso sensible, sensual; soy francés,
pero francamente, sin racionalismos, defiendo a
los palestinos. Tienen el derecho puesto que los
amo. ¿Pero los querría si la injusticia no hiciera deellos un pueblo vagabundo?
Algunas mujeres ancianas, mudas, se esconden rápidamente
tras una puerta en la que hay un trapo
blanco clavado. Algunos fedayines muy jóvenes, a
algunos de los cuales reencontraré en Damasco.
La elección que hacemos de una comunidad concreta,
sin contar la nativa, se opera por la gracia de
una adhesión irracional, no es que la justicia no
intervenga, pero es que esta justicia y la defensa de
toda una comunidad se hace en virtud de una atracción
sentimental, incluso sensible, sensual; soy francés,
pero francamente, sin racionalismos, defiendo a
los palestinos. Tienen el derecho puesto que los
amo. ¿Pero los querría si la injusticia no hiciera deellos un pueblo vagabundo?
(...)Si la fachada está intacta, dad la vuelta a la casa, las
demás caras del edificio están acribilladas. Si ninguna
de las cuatro caras tiene fisuras, la bomba soltada
por el avión ha caído en el centro y ha hecho un
pozo de lo que era el hueco de la escalera y el ascensor.
En Beirut Oeste, tras la llegada de los israelíes, S.
me dice: “Había caído la noche y debían de ser las
siete. De pronto un gran ruido de chatarra, de chatarra,
de chatarra. Todo el mundo, mi hermana, mi
cuñado y yo corremos al balcón. Noche muy negra.
De vez en cuando destellos a menos de cien metros.
Sabes que frente a nuestra casa hay una especie de
puesto de mando israelí: cuatro carros, una casa con
centinelas ocupada por soldados y oficiales. La
noche. El ruido de chatarra que se aproxima. Los
destellos: algunas antorchas luminosas. Y 40 ó 50
niños de doce o trece años que golpean cadenciosamente
pequeños bidones de hierro, con piedras, con
martillos o con otras cosas. Gritaban muy fuerte y
acompasados: Lâ ilâh illâ Allah, Lâ Kataib wa lâ
yahud (‘No hay más Dios que Dios, no a los kataeb,
no a los judíos’)”.
H. me dice: “Cuando viniste a Be i rut y a
Damasco en 1928, Damasco estaba destruido. El
general Gouraud y sus tropas, destacamentos de
tiradores marroquíes y argelinos, habían arrasado y
devastado Damasco. ¿A quién acusaba la población
siria?
Yo:
—Los sirios acusaban a Francia de la destrucción
y las masacres de Damasco.
Él:
—Nosotros acusamos a Israel de las masacres de
Chatila y Sabra. No carguemos estos crímenes sobre
la espalda de sus sicarios, los kataeb. Israel es culpable
de haber introducido en los campamentos dos
compañías de kataeb, de haber dado las órdenes, de
haberlos animado tres días y tres noches, de haberlos
pertrechado, de haberles dado de beber y de comer,
de haber iluminado el campamento por la noche”.
De nuevo H., profesor de historia. Me dice: “En
1917 el golpe de Abraham se repitió, o si prefieres,
Dios era ya la prefiguración de lord Balfour16. Dios,
decían y dicen todavía los judíos, ha prometido una
tierra de miel y de leche a Abraham y a sus descendientes,
mientras que este territorio no pertenecía al
dios de los judíos (estas tierras estaban llenas de dioses),
este territorio estaba poblado por los cananeos,
que también tenían sus dioses, y lucharon contra las
tropas de Josué hasta robarles el célebre arca de la
alianza sin la cual los judíos no hubieran obtenido la
victoria. Gran Bretaña en 1917 todavía no poseía
Palestina (esa tierra de miel y leche), puesto que el
tratado que le concedía el Mandato todavía no había
sido firmado”.
—Begin pretende haber venido al país...
—Es el título de una película: Una ausencia tan larga.
demás caras del edificio están acribilladas. Si ninguna
de las cuatro caras tiene fisuras, la bomba soltada
por el avión ha caído en el centro y ha hecho un
pozo de lo que era el hueco de la escalera y el ascensor.
En Beirut Oeste, tras la llegada de los israelíes, S.
me dice: “Había caído la noche y debían de ser las
siete. De pronto un gran ruido de chatarra, de chatarra,
de chatarra. Todo el mundo, mi hermana, mi
cuñado y yo corremos al balcón. Noche muy negra.
De vez en cuando destellos a menos de cien metros.
Sabes que frente a nuestra casa hay una especie de
puesto de mando israelí: cuatro carros, una casa con
centinelas ocupada por soldados y oficiales. La
noche. El ruido de chatarra que se aproxima. Los
destellos: algunas antorchas luminosas. Y 40 ó 50
niños de doce o trece años que golpean cadenciosamente
pequeños bidones de hierro, con piedras, con
martillos o con otras cosas. Gritaban muy fuerte y
acompasados: Lâ ilâh illâ Allah, Lâ Kataib wa lâ
yahud (‘No hay más Dios que Dios, no a los kataeb,
no a los judíos’)”.
H. me dice: “Cuando viniste a Be i rut y a
Damasco en 1928, Damasco estaba destruido. El
general Gouraud y sus tropas, destacamentos de
tiradores marroquíes y argelinos, habían arrasado y
devastado Damasco. ¿A quién acusaba la población
siria?
Yo:
—Los sirios acusaban a Francia de la destrucción
y las masacres de Damasco.
Él:
—Nosotros acusamos a Israel de las masacres de
Chatila y Sabra. No carguemos estos crímenes sobre
la espalda de sus sicarios, los kataeb. Israel es culpable
de haber introducido en los campamentos dos
compañías de kataeb, de haber dado las órdenes, de
haberlos animado tres días y tres noches, de haberlos
pertrechado, de haberles dado de beber y de comer,
de haber iluminado el campamento por la noche”.
De nuevo H., profesor de historia. Me dice: “En
1917 el golpe de Abraham se repitió, o si prefieres,
Dios era ya la prefiguración de lord Balfour16. Dios,
decían y dicen todavía los judíos, ha prometido una
tierra de miel y de leche a Abraham y a sus descendientes,
mientras que este territorio no pertenecía al
dios de los judíos (estas tierras estaban llenas de dioses),
este territorio estaba poblado por los cananeos,
que también tenían sus dioses, y lucharon contra las
tropas de Josué hasta robarles el célebre arca de la
alianza sin la cual los judíos no hubieran obtenido la
victoria. Gran Bretaña en 1917 todavía no poseía
Palestina (esa tierra de miel y leche), puesto que el
tratado que le concedía el Mandato todavía no había
sido firmado”.
—Begin pretende haber venido al país...
—Es el título de una película: Una ausencia tan larga.
A ese polaco, ¿lo ves heredero del rey Salomón?
(...)La soledad de los muertos, en los campamentos
de Chatila, era más sensible porque tenían gestos y
poses de las que no se habían preocupado. Muertos
de cualquier forma. Muertos abandonados. No obstante,
en el campamento, a nuestro alrededor, flotaban
todos los afectos, las ternuras, los amores en
busca de palestinos que ya no responderán.
—¿Cómo comunicárselo a los parientes que se
han ido con Arafat confiando en la promesa de
Reagan, de Mitterrand, de Pertini, de no tocar a las
poblaciones civiles de los campamentos?8 ¿Cómo
decir que han dejado masacrar a los niños, a los
ancianos, a las mujeres, y abandonado los cadáveres
sin oraciones? ¿Cómo informarles de que se ignora
dónde están enterrados?
Las masacres no se perpetraron en silencio y en la
oscuridad. Alumbrados por los cohetes luminosos
israelíes, los oídos israelíes estaban, desde el jueves
por la tarde, a la escucha en Chatila. Qué fiestas, qué
juergas han tenido lugar allí donde la muerte parecía
participar de la bacanal de los soldados ebrios de
vino, ebrios de odio, y sin duda ebrios de alborozo
por complacer al ejército israelí, que escuchaba,
miraba, animaba, reprendía. No he visto al ejército
israelí escuchando y mirando. He visto lo que hizo.
Al argumento: “Qué ganaba Israel con asesinar a
Bechir9: entrar en Beirut, restablecer el orden y evitar
el baño de sangre”.
—¿Qué ganaba Israel con la masacre de Chatila?
Respuesta: “¿Qué ganaba con entrar en Líbano?
Bombardear durante dos meses a la población civil:
expulsar y destruir a los palestinos. ¿Qué que quería
ganar en Chatila? Destruir a los palestinos”.
Mata hombres, mata muertos. Derriba Chatila.
No está ausente de la especulación inmobiliaria que
se hará en el terreno: vale cinco millones de francos
antiguos el metro cuadrado de terreno arrasado.Pero ¿cuánto valdrá limpio y saneado?
de Chatila, era más sensible porque tenían gestos y
poses de las que no se habían preocupado. Muertos
de cualquier forma. Muertos abandonados. No obstante,
en el campamento, a nuestro alrededor, flotaban
todos los afectos, las ternuras, los amores en
busca de palestinos que ya no responderán.
—¿Cómo comunicárselo a los parientes que se
han ido con Arafat confiando en la promesa de
Reagan, de Mitterrand, de Pertini, de no tocar a las
poblaciones civiles de los campamentos?8 ¿Cómo
decir que han dejado masacrar a los niños, a los
ancianos, a las mujeres, y abandonado los cadáveres
sin oraciones? ¿Cómo informarles de que se ignora
dónde están enterrados?
Las masacres no se perpetraron en silencio y en la
oscuridad. Alumbrados por los cohetes luminosos
israelíes, los oídos israelíes estaban, desde el jueves
por la tarde, a la escucha en Chatila. Qué fiestas, qué
juergas han tenido lugar allí donde la muerte parecía
participar de la bacanal de los soldados ebrios de
vino, ebrios de odio, y sin duda ebrios de alborozo
por complacer al ejército israelí, que escuchaba,
miraba, animaba, reprendía. No he visto al ejército
israelí escuchando y mirando. He visto lo que hizo.
Al argumento: “Qué ganaba Israel con asesinar a
Bechir9: entrar en Beirut, restablecer el orden y evitar
el baño de sangre”.
—¿Qué ganaba Israel con la masacre de Chatila?
Respuesta: “¿Qué ganaba con entrar en Líbano?
Bombardear durante dos meses a la población civil:
expulsar y destruir a los palestinos. ¿Qué que quería
ganar en Chatila? Destruir a los palestinos”.
Mata hombres, mata muertos. Derriba Chatila.
No está ausente de la especulación inmobiliaria que
se hará en el terreno: vale cinco millones de francos
antiguos el metro cuadrado de terreno arrasado.Pero ¿cuánto valdrá limpio y saneado?
(...)Se ha escrito en los periódicos que los israelíes
entraron en el campamento de Chatila en cuanto
supieron de las masacres, y que las hicieron cesar al
momento, es decir, el sábado. ¿Qué hicieron con los
autores de la masacre? ¿Dónde están?
Tras el asesinato de Bechir Gemayel y de veinte
de sus compañeros, tras las masacres, cuando supo
que yo regresaba de Chatila, la señora B., de la alta
burguesía de Beirut, vino a verme. Subió —sin electricidad—
los ocho pisos del inmueble —la encuentro
mayor, elegante pero mayor.
—Antes del asesinato de Bechir, antes de las
masacres, tuvo usted razón al decirme que lo peor
estaba en marcha. Lo he visto.
—Ante todo no me diga lo que vio en Chatila, se
lo ruego. Mis nervios son muy frágiles, no debo fatigarlos
para poder soportar lo peor, que aún no ha
llegado.
Vive sola con su marido (setenta años) y su sirvienta
en un gran apartamento de Ras Beirut. Es
muy elegante. Muy cuidado. Sus muebles tienen
buen estilo, creo que Luis XVI.
—Sabemos que Bechir había ido a Israel. Se
equivocó. Cuando uno es jefe de Estado electo no
frecuenta a esa gente. Estaba segura de que acaecería
una desgracia. Pero no quiero saber nada. No debo
fatigar mis nervios para soportar los golpes que
todavía no han llegado. Bechir tuvo que haber
devuelto aquella carta en la que Begin le llamaba
“querido amigo”.
La alta burguesía, con sus sirvientes mudos, tiene
su propia forma de resistir. La señora B. y su marido
“no creen en absoluto en la metempsícosis”. ¿Qué
pasaría si renaciesen en el cuerpo de un israelí?
El día del asesinato de Bechir es también el día de
la entrada del ejército israelí en Beirut Oeste. Las
explosiones se aproximan al edificio en el que estamos;
al fin, todo el mundo baja a protegerse en un
sótano. Embajadores, médicos, sus mujeres, sus
hijos, un representante de la ONU en Líbano, sus
trabajadores domésticos.
—Carlos, tráeme un cojín.
—Carlos, mis gafas.
—Carlos, un poco de agua.
Los sirvientes, puesto que también hablan francés,
están admitidos en el refugio. Quizá también
hace falta protegerlos: sus heridas, su transporte al
hospital o al cementerio, ¡qué faena!
Hay que saber que Chatila y Sabra son kilómetros
y kilómetros de callejuelas estrechas —las callejuelas
son tan angostas, tan esqueléticas que dos personas
no pueden avanzar a no ser que uno de ellos
se ponga de perfil— obstruidas por escombros, bloques,
ladrillos, harapos multicolores y sucios, y por
la noche, bajo la luz de los cohetes israelíes que
alumbraban el campamento, quince o veinte francotiradores,
aun bien armados, no hubieran logrado
hacer esta carnicería. Los asesinos participaron en
gran número y probablemente también escuadras de
verdugos que abrían cabezas, tullían muslos, cortaban
brazos, manos y dedos, arrastraban, trabados
con una cuerda, a gente agonizando, hombres y
mujeres que vivían aún porque la sangre ha chorreado
abundantemente de sus cuerpos, hasta el punto
de que no he podido saber quién, en el pasillo de
una casa, había dejado ese riachuelo de sangre seca,
desde el fondo del pasillo donde estaba el charco
hasta el umbral donde se perdía en el polvo. ¿Era un
palestino? ¿Era una mujer? ¿Un falangista del que
habían evacuado el cuerpo?
Desde París, sobre todo si se ignora la topografía
de los campamentos de refugiados, se puede dudar
de todo. Se puede permitir a Israel afirmar que los
periodistas de Jerusalén fueron los primeros en darla noticia de las masacres.
entraron en el campamento de Chatila en cuanto
supieron de las masacres, y que las hicieron cesar al
momento, es decir, el sábado. ¿Qué hicieron con los
autores de la masacre? ¿Dónde están?
Tras el asesinato de Bechir Gemayel y de veinte
de sus compañeros, tras las masacres, cuando supo
que yo regresaba de Chatila, la señora B., de la alta
burguesía de Beirut, vino a verme. Subió —sin electricidad—
los ocho pisos del inmueble —la encuentro
mayor, elegante pero mayor.
—Antes del asesinato de Bechir, antes de las
masacres, tuvo usted razón al decirme que lo peor
estaba en marcha. Lo he visto.
—Ante todo no me diga lo que vio en Chatila, se
lo ruego. Mis nervios son muy frágiles, no debo fatigarlos
para poder soportar lo peor, que aún no ha
llegado.
Vive sola con su marido (setenta años) y su sirvienta
en un gran apartamento de Ras Beirut. Es
muy elegante. Muy cuidado. Sus muebles tienen
buen estilo, creo que Luis XVI.
—Sabemos que Bechir había ido a Israel. Se
equivocó. Cuando uno es jefe de Estado electo no
frecuenta a esa gente. Estaba segura de que acaecería
una desgracia. Pero no quiero saber nada. No debo
fatigar mis nervios para soportar los golpes que
todavía no han llegado. Bechir tuvo que haber
devuelto aquella carta en la que Begin le llamaba
“querido amigo”.
La alta burguesía, con sus sirvientes mudos, tiene
su propia forma de resistir. La señora B. y su marido
“no creen en absoluto en la metempsícosis”. ¿Qué
pasaría si renaciesen en el cuerpo de un israelí?
El día del asesinato de Bechir es también el día de
la entrada del ejército israelí en Beirut Oeste. Las
explosiones se aproximan al edificio en el que estamos;
al fin, todo el mundo baja a protegerse en un
sótano. Embajadores, médicos, sus mujeres, sus
hijos, un representante de la ONU en Líbano, sus
trabajadores domésticos.
—Carlos, tráeme un cojín.
—Carlos, mis gafas.
—Carlos, un poco de agua.
Los sirvientes, puesto que también hablan francés,
están admitidos en el refugio. Quizá también
hace falta protegerlos: sus heridas, su transporte al
hospital o al cementerio, ¡qué faena!
Hay que saber que Chatila y Sabra son kilómetros
y kilómetros de callejuelas estrechas —las callejuelas
son tan angostas, tan esqueléticas que dos personas
no pueden avanzar a no ser que uno de ellos
se ponga de perfil— obstruidas por escombros, bloques,
ladrillos, harapos multicolores y sucios, y por
la noche, bajo la luz de los cohetes israelíes que
alumbraban el campamento, quince o veinte francotiradores,
aun bien armados, no hubieran logrado
hacer esta carnicería. Los asesinos participaron en
gran número y probablemente también escuadras de
verdugos que abrían cabezas, tullían muslos, cortaban
brazos, manos y dedos, arrastraban, trabados
con una cuerda, a gente agonizando, hombres y
mujeres que vivían aún porque la sangre ha chorreado
abundantemente de sus cuerpos, hasta el punto
de que no he podido saber quién, en el pasillo de
una casa, había dejado ese riachuelo de sangre seca,
desde el fondo del pasillo donde estaba el charco
hasta el umbral donde se perdía en el polvo. ¿Era un
palestino? ¿Era una mujer? ¿Un falangista del que
habían evacuado el cuerpo?
Desde París, sobre todo si se ignora la topografía
de los campamentos de refugiados, se puede dudar
de todo. Se puede permitir a Israel afirmar que los
periodistas de Jerusalén fueron los primeros en darla noticia de las masacres.
* * *
(...)Se ha escrito en los periódicos que los israelíes
entraron en el campamento de Chatila en cuanto
supieron de las masacres, y que las hicieron cesar al
momento, es decir, el sábado. ¿Qué hicieron con los
autores de la masacre? ¿Dónde están?
Tras el asesinato de Bechir Gemayel y de veinte
de sus compañeros, tras las masacres, cuando supo
que yo regresaba de Chatila, la señora B., de la alta
burguesía de Beirut, vino a verme. Subió —sin electricidad—
los ocho pisos del inmueble —la encuentro
mayor, elegante pero mayor.
—Antes del asesinato de Bechir, antes de las
masacres, tuvo usted razón al decirme que lo peor
estaba en marcha. Lo he visto.
—Ante todo no me diga lo que vio en Chatila, se
lo ruego. Mis nervios son muy frágiles, no debo fatigarlos
para poder soportar lo peor, que aún no ha
llegado.
Vive sola con su marido (setenta años) y su sirvienta
en un gran apartamento de Ras Beirut. Es
muy elegante. Muy cuidado. Sus muebles tienen
buen estilo, creo que Luis XVI.
—Sabemos que Bechir había ido a Israel. Se
equivocó. Cuando uno es jefe de Estado electo no
frecuenta a esa gente. Estaba segura de que acaecería
una desgracia. Pero no quiero saber nada. No debo
fatigar mis nervios para soportar los golpes que
todavía no han llegado. Bechir tuvo que haber
devuelto aquella carta en la que Begin le llamaba
“querido amigo”.
La alta burguesía, con sus sirvientes mudos, tiene
su propia forma de resistir. La señora B. y su marido
“no creen en absoluto en la metempsícosis”. ¿Qué
pasaría si renaciesen en el cuerpo de un israelí?
El día del asesinato de Bechir es también el día de
la entrada del ejército israelí en Beirut Oeste. Las
explosiones se aproximan al edificio en el que estamos;
al fin, todo el mundo baja a protegerse en un
sótano. Embajadores, médicos, sus mujeres, sus
hijos, un representante de la ONU en Líbano, sus
trabajadores domésticos.
—Carlos, tráeme un cojín.
—Carlos, mis gafas.
—Carlos, un poco de agua.
Los sirvientes, puesto que también hablan francés,
están admitidos en el refugio. Quizá también
hace falta protegerlos: sus heridas, su transporte al
hospital o al cementerio, ¡qué faena!
Hay que saber que Chatila y Sabra son kilómetros
y kilómetros de callejuelas estrechas —las callejuelas
son tan angostas, tan esqueléticas que dos personas
no pueden avanzar a no ser que uno de ellos
se ponga de perfil— obstruidas por escombros, bloques,
ladrillos, harapos multicolores y sucios, y por
la noche, bajo la luz de los cohetes israelíes que
alumbraban el campamento, quince o veinte francotiradores,
aun bien armados, no hubieran logrado
hacer esta carnicería. Los asesinos participaron en
gran número y probablemente también escuadras de
verdugos que abrían cabezas, tullían muslos, cortaban
brazos, manos y dedos, arrastraban, trabados
con una cuerda, a gente agonizando, hombres y
mujeres que vivían aún porque la sangre ha chorreado
abundantemente de sus cuerpos, hasta el punto
de que no he podido saber quién, en el pasillo de
una casa, había dejado ese riachuelo de sangre seca,
desde el fondo del pasillo donde estaba el charco
hasta el umbral donde se perdía en el polvo. ¿Era un
palestino? ¿Era una mujer? ¿Un falangista del que
habían evacuado el cuerpo?
Desde París, sobre todo si se ignora la topografía
de los campamentos de refugiados, se puede dudar
de todo. Se puede permitir a Israel afirmar que los
periodistas de Jerusalén fueron los primeros
entraron en el campamento de Chatila en cuanto
supieron de las masacres, y que las hicieron cesar al
momento, es decir, el sábado. ¿Qué hicieron con los
autores de la masacre? ¿Dónde están?
Tras el asesinato de Bechir Gemayel y de veinte
de sus compañeros, tras las masacres, cuando supo
que yo regresaba de Chatila, la señora B., de la alta
burguesía de Beirut, vino a verme. Subió —sin electricidad—
los ocho pisos del inmueble —la encuentro
mayor, elegante pero mayor.
—Antes del asesinato de Bechir, antes de las
masacres, tuvo usted razón al decirme que lo peor
estaba en marcha. Lo he visto.
—Ante todo no me diga lo que vio en Chatila, se
lo ruego. Mis nervios son muy frágiles, no debo fatigarlos
para poder soportar lo peor, que aún no ha
llegado.
Vive sola con su marido (setenta años) y su sirvienta
en un gran apartamento de Ras Beirut. Es
muy elegante. Muy cuidado. Sus muebles tienen
buen estilo, creo que Luis XVI.
—Sabemos que Bechir había ido a Israel. Se
equivocó. Cuando uno es jefe de Estado electo no
frecuenta a esa gente. Estaba segura de que acaecería
una desgracia. Pero no quiero saber nada. No debo
fatigar mis nervios para soportar los golpes que
todavía no han llegado. Bechir tuvo que haber
devuelto aquella carta en la que Begin le llamaba
“querido amigo”.
La alta burguesía, con sus sirvientes mudos, tiene
su propia forma de resistir. La señora B. y su marido
“no creen en absoluto en la metempsícosis”. ¿Qué
pasaría si renaciesen en el cuerpo de un israelí?
El día del asesinato de Bechir es también el día de
la entrada del ejército israelí en Beirut Oeste. Las
explosiones se aproximan al edificio en el que estamos;
al fin, todo el mundo baja a protegerse en un
sótano. Embajadores, médicos, sus mujeres, sus
hijos, un representante de la ONU en Líbano, sus
trabajadores domésticos.
—Carlos, tráeme un cojín.
—Carlos, mis gafas.
—Carlos, un poco de agua.
Los sirvientes, puesto que también hablan francés,
están admitidos en el refugio. Quizá también
hace falta protegerlos: sus heridas, su transporte al
hospital o al cementerio, ¡qué faena!
Hay que saber que Chatila y Sabra son kilómetros
y kilómetros de callejuelas estrechas —las callejuelas
son tan angostas, tan esqueléticas que dos personas
no pueden avanzar a no ser que uno de ellos
se ponga de perfil— obstruidas por escombros, bloques,
ladrillos, harapos multicolores y sucios, y por
la noche, bajo la luz de los cohetes israelíes que
alumbraban el campamento, quince o veinte francotiradores,
aun bien armados, no hubieran logrado
hacer esta carnicería. Los asesinos participaron en
gran número y probablemente también escuadras de
verdugos que abrían cabezas, tullían muslos, cortaban
brazos, manos y dedos, arrastraban, trabados
con una cuerda, a gente agonizando, hombres y
mujeres que vivían aún porque la sangre ha chorreado
abundantemente de sus cuerpos, hasta el punto
de que no he podido saber quién, en el pasillo de
una casa, había dejado ese riachuelo de sangre seca,
desde el fondo del pasillo donde estaba el charco
hasta el umbral donde se perdía en el polvo. ¿Era un
palestino? ¿Era una mujer? ¿Un falangista del que
habían evacuado el cuerpo?
Desde París, sobre todo si se ignora la topografía
de los campamentos de refugiados, se puede dudar
de todo. Se puede permitir a Israel afirmar que los
periodistas de Jerusalén fueron los primeros
en dar la noticia de las masacres.
* * *
(...)Antes de la guerra de Argelia, en Francia, los árabes
no eran guapos, su aspecto era pesado, arrastrado, el
morro ladeado, pero de repente la victoria los embelleció,
pero ya, un poco antes de que fuera cegadora,
cuando más de medio millón de soldados franceses
se extenuaban y agotaban en los Aurès y en toda
Argelia, un curioso fenómeno se hizo perceptible,
modificando la cara y el cuerpo de los obreros árabes:
algo como la cercanía, el presentimiento de una
belleza todavía frágil pero que nos deslumbraría
cuando las escamas hubiesen por fin caído de su piel
y de nuestros ojos. Había que aceptar la evidencia:
se habían liberado políticamente para aparecer como
debían ser vistos, muy guapos. Del mismo modo,
escapados de un campamento de refugiados, escapados
de la moral y del orden de los campamentos,
escapados a una moral impuesta por la necesidad de
sobrevivir, escapados a la vez de la vergüenza, los
fedayines eran muy guapos; y esta belleza era nueva,
ingenua, inocente, fresca, tan viva que descubría inmediatamente
lo que la ponía de acuerdo con todas
las bellezas del mundo arrancándose la vergüenza.
Muchos de los macarras argelinos que cruzaban
Pigalle por la noche, utilizaban su situación en provecho
de la revolución argelina. La virtud estaba ahí
también. Es, creo, Hannah Arendt10 quien distingue
las revoluciones según que persigan la libertad o la
virtud —es decir, el trabajo. Haría falta tal vez reconocer
que las revoluciones y liberaciones se dan (en
el fondo) con el fin de encontrar o reencontrar la
belleza, es decir, lo impalpable, lo que sólo se
(...)Antes de la guerra de Argelia, en Francia, los árabes
no eran guapos, su aspecto era pesado, arrastrado, el
morro ladeado, pero de repente la victoria los embelleció,
pero ya, un poco antes de que fuera cegadora,
cuando más de medio millón de soldados franceses
se extenuaban y agotaban en los Aurès y en toda
Argelia, un curioso fenómeno se hizo perceptible,
modificando la cara y el cuerpo de los obreros árabes:
algo como la cercanía, el presentimiento de una
belleza todavía frágil pero que nos deslumbraría
cuando las escamas hubiesen por fin caído de su piel
y de nuestros ojos. Había que aceptar la evidencia:
se habían liberado políticamente para aparecer como
debían ser vistos, muy guapos. Del mismo modo,
escapados de un campamento de refugiados, escapados
de la moral y del orden de los campamentos,
escapados a una moral impuesta por la necesidad de
sobrevivir, escapados a la vez de la vergüenza, los
fedayines eran muy guapos; y esta belleza era nueva,
ingenua, inocente, fresca, tan viva que descubría inmediatamente
lo que la ponía de acuerdo con todas
las bellezas del mundo arrancándose la vergüenza.
Muchos de los macarras argelinos que cruzaban
Pigalle por la noche, utilizaban su situación en provecho
de la revolución argelina. La virtud estaba ahí
también. Es, creo, Hannah Arendt10 quien distingue
las revoluciones según que persigan la libertad o la
virtud —es decir, el trabajo. Haría falta tal vez reconocer
que las revoluciones y liberaciones se dan (en
el fondo) con el fin de encontrar o reencontrar la
belleza, es decir, lo impalpable, lo que sólo se
puede designar por este término.
(Esta página debía tratar sobre todo de esto: una
revolución lo es cuando ha hecho caer de los rostros
y los cuerpos la piel muerta que los reblandecía. No
hablo de una belleza académica, sino de la impalpable
—inefable— alegría de los cuerpos, de las caras,
de los gritos, de las palabras que dejan de ser mortecinas,
quiero decir una alegría sensual y tan fuerteque quiere desterrar todo erotismo ...)
revolución lo es cuando ha hecho caer de los rostros
y los cuerpos la piel muerta que los reblandecía. No
hablo de una belleza académica, sino de la impalpable
—inefable— alegría de los cuerpos, de las caras,
de los gritos, de las palabras que dejan de ser mortecinas,
quiero decir una alegría sensual y tan fuerteque quiere desterrar todo erotismo ...)
(...)Un chasquido rápido enviaba el moco a las zarzas. Se
pasaban bajo las narices su manga de terciopelo con
flecos que, al cabo de un mes, estaba cubierta de un
ligero nácar. Igual los fedayines. Se sonaban como
aspiraban el rapé los marqueses, como los prelados:
un poco encorvados. Hice lo mismo que ellos, que
me lo enseñaron sin pensarlo.
¿Y las mujeres? Bordar noche y día los siete vestidos
(uno por cada día de la semana) del ajuar de
bodas ofrecido por un marido generalmente viejo y
elegido por la familia, deprimente despertar. Las
jóvenes palestinas se volvieron muy bellas cuando se
rebelaron contra el padre y rompieron las agujas y
las tijeras de coser. En las montañas de Ashlun, de
As-Salt y de Irbid, en los bosques mismos se había
depositado toda la sensualidad liberada por la revuelta
y los fusiles, no olvidemos los fusiles: eso bastaba,
todos estaban hartos. Los fedayines, sin darse
cuenta —¿de verdad?— encarnaban una belleza
nueva: la viveza de los gestos y el cansancio visible,
la velocidad del ojo y su brillo, el timbre de la voz
más clara se aliaban a la prontitud de la réplica y a
su brevedad. Y a su precisión también. Las frases largas,
la retórica sabia y voluble, las habían desechado.
En Chatila, muchos han muerto, y mi afecto y
amistad por sus cadáveres pudriéndose era grande
también porque los conocía. Ennegrecidos, infla-
dos, podridos por el sol y la muerte, seguían siendo
fedayines.
Hacia las dos de la tarde, domingo, tres soldados
del ejército libanés, apuntándome con el fusil, me
condujeron a un jeep donde dormitaba un oficial.
Le pregunté:
—¿Habla francés?
—Inglés.
La voz era seca, tal vez porque acababa de despertarlo
con un sobresalto. Miró mi pasaporte. Dijo
en francés:
—¿Viene de allá? (su dedo apuntaba a Chatila).
—Sí.
—¿Ha visto?
—Sí.
—¿Va a escribirlo?
—Sí.
Me devolvió el pasaporte. Me hizo una señal para
que me fuese. Los tres fusiles se bajaron. Había pasado
cuatro horas en Chatila. En mi memoria quedaban
alrededor de cuarenta cadáveres. Todos —digo
todos— habían sido torturados, pro b a b l e m e n t e
bajo la embriaguez, entre cantos, risas, el olor de la
pólvora y de la carroña.
Sin duda estaba solo, quiero decir que era el
único europeo (con algunas ancianas palestinas aferradas
todavía a un pañuelo blanco desgarrado; con
algunos jóvenes fedayines desarmados) pero, si estas
cuatro o cinco personas no hubieran estado allí al
descubrir yo esta ciudad abatida, los palestinos
horizontales, negros e hinchados, me hubieran vuelto
loco. ¿Dónde estaba? Esta ciudad hecha migas y
derribada que he visto o creído ver, recorrida, zarandeada
y arrasada por el olor de la muerte, todo eso,
¿había tenido lugar?
Sólo había explorado, y mal, una veinteava parte
de Chatila y Sabra, nada de Bir Hassan, y nada deBurj el Barajne22. Todo este desatino debería haber llevado
como subtítulo El sueño de una noche de verano,
a pesar del mal gesto de los cuarentones. Todo esto
era posible gracias a la juventud, al placer de estar
bajo los árboles, de jugar con las armas, de estar
lejos de las mujeres, es decir, de escamotear un problema
difícil, de ser el punto más luminoso por ser
el más agudo de la revolución, de tener el asentimiento
de la población de los campamentos de
refugiados, de ser fotogénicos en todo lo que se
haga, y quizá de presentir que este cuento de hadas
de contenido revolucionario sería dentro de poco
devastado: los fedayines no querían el poder, ya
tenían la libertad.
A la vuelta de Beirut, en el aeropuerto de
Damasco, encontré jóvenes fedayines escapados del
infierno israelí. Tenían dieciséis o diecisiete años:
reían, eran parecidos a los de Ashlun. Morirán igual
que ellos. El combate por un país puede llenar una
vida muy rica, pero corta. Es la elección, recuérdese,
pasaban bajo las narices su manga de terciopelo con
flecos que, al cabo de un mes, estaba cubierta de un
ligero nácar. Igual los fedayines. Se sonaban como
aspiraban el rapé los marqueses, como los prelados:
un poco encorvados. Hice lo mismo que ellos, que
me lo enseñaron sin pensarlo.
¿Y las mujeres? Bordar noche y día los siete vestidos
(uno por cada día de la semana) del ajuar de
bodas ofrecido por un marido generalmente viejo y
elegido por la familia, deprimente despertar. Las
jóvenes palestinas se volvieron muy bellas cuando se
rebelaron contra el padre y rompieron las agujas y
las tijeras de coser. En las montañas de Ashlun, de
As-Salt y de Irbid, en los bosques mismos se había
depositado toda la sensualidad liberada por la revuelta
y los fusiles, no olvidemos los fusiles: eso bastaba,
todos estaban hartos. Los fedayines, sin darse
cuenta —¿de verdad?— encarnaban una belleza
nueva: la viveza de los gestos y el cansancio visible,
la velocidad del ojo y su brillo, el timbre de la voz
más clara se aliaban a la prontitud de la réplica y a
su brevedad. Y a su precisión también. Las frases largas,
la retórica sabia y voluble, las habían desechado.
En Chatila, muchos han muerto, y mi afecto y
amistad por sus cadáveres pudriéndose era grande
también porque los conocía. Ennegrecidos, infla-
dos, podridos por el sol y la muerte, seguían siendo
fedayines.
Hacia las dos de la tarde, domingo, tres soldados
del ejército libanés, apuntándome con el fusil, me
condujeron a un jeep donde dormitaba un oficial.
Le pregunté:
—¿Habla francés?
—Inglés.
La voz era seca, tal vez porque acababa de despertarlo
con un sobresalto. Miró mi pasaporte. Dijo
en francés:
—¿Viene de allá? (su dedo apuntaba a Chatila).
—Sí.
—¿Ha visto?
—Sí.
—¿Va a escribirlo?
—Sí.
Me devolvió el pasaporte. Me hizo una señal para
que me fuese. Los tres fusiles se bajaron. Había pasado
cuatro horas en Chatila. En mi memoria quedaban
alrededor de cuarenta cadáveres. Todos —digo
todos— habían sido torturados, pro b a b l e m e n t e
bajo la embriaguez, entre cantos, risas, el olor de la
pólvora y de la carroña.
Sin duda estaba solo, quiero decir que era el
único europeo (con algunas ancianas palestinas aferradas
todavía a un pañuelo blanco desgarrado; con
algunos jóvenes fedayines desarmados) pero, si estas
cuatro o cinco personas no hubieran estado allí al
descubrir yo esta ciudad abatida, los palestinos
horizontales, negros e hinchados, me hubieran vuelto
loco. ¿Dónde estaba? Esta ciudad hecha migas y
derribada que he visto o creído ver, recorrida, zarandeada
y arrasada por el olor de la muerte, todo eso,
¿había tenido lugar?
Sólo había explorado, y mal, una veinteava parte
de Chatila y Sabra, nada de Bir Hassan, y nada deBurj el Barajne22. Todo este desatino debería haber llevado
como subtítulo El sueño de una noche de verano,
a pesar del mal gesto de los cuarentones. Todo esto
era posible gracias a la juventud, al placer de estar
bajo los árboles, de jugar con las armas, de estar
lejos de las mujeres, es decir, de escamotear un problema
difícil, de ser el punto más luminoso por ser
el más agudo de la revolución, de tener el asentimiento
de la población de los campamentos de
refugiados, de ser fotogénicos en todo lo que se
haga, y quizá de presentir que este cuento de hadas
de contenido revolucionario sería dentro de poco
devastado: los fedayines no querían el poder, ya
tenían la libertad.
A la vuelta de Beirut, en el aeropuerto de
Damasco, encontré jóvenes fedayines escapados del
infierno israelí. Tenían dieciséis o diecisiete años:
reían, eran parecidos a los de Ashlun. Morirán igual
que ellos. El combate por un país puede llenar una
vida muy rica, pero corta. Es la elección, recuérdese,
de Aquiles en la Ilíada.
NOTAS A DELINCUENCIA Y PROBIDAD
1. Entrevista en Playboy, abril, 1964.
2.Vid. Berman, Antoine, GENET jean, in Dictionnaire des auteurs, Laffont-Bompiani, t.2, 1952.(Traducción Leo Castillo).
3.In Playboy, ibíd.
NOTAS A DIARIO DEL LADRÓN
1.En español en el original.
2.Me enteré por los periódicos de que, tras cuarenta años de abnegación, esta madre roció de gasolina ─ o de petróleo ─ a su hija dormida, y luego toda la casa y le prendió fuego. El monstruo (la hija) sucumbió. Sacaron de entre las llamas a la vieja (75 años) y se salvó, es decir, compareció ante el tribunal.(N. del A.)
NOTAS A CUATRO HORAS EN SABRA Y CHATILA2.Me enteré por los periódicos de que, tras cuarenta años de abnegación, esta madre roció de gasolina ─ o de petróleo ─ a su hija dormida, y luego toda la casa y le prendió fuego. El monstruo (la hija) sucumbió. Sacaron de entre las llamas a la vieja (75 años) y se salvó, es decir, compareció ante el tribunal.(N. del A.)
1.El comandante Saad Haddad dirigía la milicia llamada ejército del
Sur de Líbano (ESL), aliada de Israel y que controlaba el sur libanés
ocupado por Israel desde 1978. En 1982, el ESL siguió al ejército
israelí en su avance hacia Beirut. Haddad murió en 1984, sucediéndole
al frente del ESL el general Antoine Lahad.
2 En árabe, falangistas. El Partido Kataeb o Falange, formación de la
extrema derecha cristina maronita aliada de Israel, fue creado por
Pierre Gemayel en 1936 tras un viaje por la Europa fascista. El nombre
deriva, de hecho, de la Falange española. Fueron las milicias falangistas
(hegemónicas dentro de la estructura militar unificada de las
organizaciones políticas de la derecha cristiana libanesa, las denominadas
Fuerzas Libanesas, FL) las que perpetraron las matanzas de
Sabra y Chatila. Las FL estaban dirigidas por el menor de los hijos de
Gemayel, Bechir, elegido presidente de Líbano el 23 de agosto de
1982 con el apoyo de Israel y EEUU. Bechir Gemayel fue asesinado
el 14 de septiembre, excusa de las matanzas de Sabra y Chatila, perpetradas
durante los días 16 y 18 de septiembre, tras la entrada del
ejército israelí en Beirut Oeste esa misma madrugada.
3.El 17 de mayo de 1977 el Likud gana las elecciones en Israel y
Menahem Begin se convierte en primer ministro. Ariel Sharon es
designado ministro de Defensa.
4. Tras dos meses de combates y asedio, el mediador norteamericano
del presidente Reagan, Philip Habib, logra el compromiso de la OLP
de abandonar Beirut Oeste a cambio de garantizar la protección internacional
para la población palestina de los campamentos de refugiados
situados en la periferia sur de la ciudad, los de Sabra y Chatila,
por medio del despliegue de una fuerza multinacional de soldados italianos,
franceses y norteamericanos. Los combatientes palestinos
abandonan la capital libanesa el 1 de septiembre, y el 10 de septiembre
lo hace la fuerza multinacional desplegada. Tras el asesinato —
nunca esclarecido—, ese mismo 14 de septiembre, del recién elegido
nuevo presidente libanés, Bechir Gemayel, el ejército israelí ocupa
Beirut Oeste en contra de lo pactado con EEUU.
5. En árabe, “nuestra casa”.
6. Referencia al éxodo palestino de la guerra de 1967.
7. En árabe, monte.
L o rd Arthur James Ba l f o u r, ministro británico de Asuntos
Exteriores, escribió el 2 de noviembre de 1917 una carta al representante
de los judíos británicos en la que expresaba que el gobierno se
mostraba favorable a la creación de un “hogar nacional para el pueblo
judío en Palestina”, compromiso que se considera clave del inicio del
problema palestino. Genet señala más abajo que Gran Bretaña aún no
era entonces potencia mandataria sobre Palestina.
8. Jefes de gobierno o presidentes de los países comprometidos en la
fuerza de interposición desplegada en Beirut (véase la nota 8).
9. Genet recoge aquí la hipótesis de que Gemayel fuera asesinado
por sus propios aliados israelíes a fin de justificar un control definitivo
de Israel sobre Líbano o, al menos, la entrada de su ejército en
Beirut Oeste a fin de aniquilar definitivamente a la resistencia palestina
que aún pudiera permanecer allí y a sus aliados libaneses. En
cualquier caso, su asesinato no ha sido nunca esclarecido.
10. Filósofa alemana (1906-1975).
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